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Full text of "Arturo Giménez Pastor - Los poetas de la Revolución"

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ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


LOS POETAS 

DE LA 

REVOLUCION 





ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


PBOFESOB DE UTEBATURA CASTELLANA Y ABJENTINA EN EL COLEJIO 
NACIONAL DE BUENOS AIRES Y PROFESOR SUSTITUTO DE 
UTEBATURA ABJENTINA EN LA FACULTAD DE FILOSOFIA Y LETRAS 


ESTUDIOS DE LITERATURA ARJENTINA 


I 

LOS POETAS DE LA EEVOLDM 


BUENOS AIRES 

I.IBRCf9ÍA DE A. GARCÍA' SANTOS 

Morbko 5oo ssq. Bolívar 

1917 




LA POESIA DE LA INDEPENDENCIA 




I 

Hay en todo gran movimiento histórico figuras, 
acontecimientos y manifestaciones que tienen un 
valor inmediato, que son elementos constitutivo- 
fundamentales de la obra, y figuras, acontecimien- 
tos y manifestaciones que adquieren su valor en 
el futuro, cuando el desenvolvimiento de la obra 
madurada por el tiempo los revela como precur" 
siones y clarividencias de los hechos del porve- 
nir. 

Tras de la acción que afirma en el gobierno o 
en el campo la nueva realidad histórica entre el 
fuego de la lucha y del combate, está el pensa- 
miento de la época, luz alta y tranquila que su- 
pone como jenerador un constante bullir de espí- 
ritus en activísima obra de iniciación, de difusión, 
de previsión; que proclama, orienta, organiza e 
integra lo que la espada va conquistando en su 
triunfal siega de laureles. 

En este grupo de obreros de patrias, los hay 
que, por la trascendencia efectiva e inmediata de 
su acción — lo bastante poderosa y lo suficien- 
temente dinámica para desarrollarse paralela a la 
de los vencedores de ejércitos, — destacan al nivel 
de éstos su personalidad tallada con fuerte acen- 



8 


AKTURO GIMÉNEZ PASTOR 


tuacion, disputándoles bravamente su parte de sol 
de gloria; tal, Moreno entre loa nuestros. 

Otros, aunque dignos del momento y de la obra, 
delinean sus figuras en distintos planos del gran 
bajo-relieve según la especializacion de su actividad 
o el mayor o menor ímpetu jenial con que la 
desarrollan. 

Pero no son siempre los más modestos los menos 
interesantes cuando el reactivo del tiempo viene a 
acusar en su acción el verdadero significado de 
presente y de futuro que en sí tenía. 

Tal sucede con los poetas de nuestra revolu- 
ción, con los que podemos llamar los poetas de 
Mayo. 

Modestos poetas, por cierto, desde el punto de 
vista del jenio y del arte. 

No realizan el tipo de esos divinos poseídos del 
numen oue se enciende en el arrebato sublime de la 
inspiración. No son tampoco los jeniales artífices del 
verso de impecable elocuencia que surje de aquella 
armoniosa y pura fuente ch’espande di parlar si 
largo fiume! 

Pero fueron los que encontraron en sus liras la 
sonoridad jenerosa en que vibraban recóndito^, 
hechos música para mejor manifestarse sin com- 
prometer antes de tiempo la obra en marcha, el 
pensamiento íntimo de una época y el sentimiento 
dominante de un pueblo. Fueron los heraldos de 
la Revolución en cuanto ésta era anhelo de patria 
nueva, voluntad de independencia, propósito de 
emancipaeión. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 9 

Fueron, en efecto, los poetas los que dieron a 
Mayo su voz propia, la que decía la verdad íntiína 
V trascendental, disimulada bajo dilatorias fórmu- 
las de acatamiento al soberano en la prosa política 
de las actas y manifiestos. 

fCuando la Junta y el Triunvirato, aun después 
de Suipacha, después de Las Piedras, después de 
Tucuman, se veían obligados a disponer en nombre 
del señor D. Fernando Vil, usando aquella sin- 
gular ‘‘fórmula revolucionaria”, que instituía ba- 
jo la espresión de acatamiento formal el hecho del 
gobierno propio emanado del hecho de un rey sin 
autoridad efectiva, la Canción patriótica, primero y 
modesto molde rítmico del espíritu revolucionario, 
cantaba desde fines de' 1810 en la voz de de Lúea 
la muy conocida convocatoria a la lucha que había 
de desarrollarse en cuadro de epopeya : 


Sud-amcricanos, 
mirad ya lucir 
de la dulce Patria 
la aurora feliz. 


La América toda 
se conmueve al fín 
y a sus caros hijos 
convoca a la lid. 


A la lid tremenda 
que va a destruir 
a cuantos tiranos 
ósanla oprimir , 



lo 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


La patria en cadenas 
no vuelva a gemir; 
en su auxilio todos 
la espada ceñid. 

El padre a sus hijos 
pueds. ya decir : 
gozad oe derechos 
que no conocí. 

El ve¡rso, pobre y eomun, busca tan solo ese ritmo 
activo que impele y acompaña el paso de las mu- 
chedumbres en marcha; pero el concepto funda- 
mental de la crisis política, su espíritu íntimo, su 
orientación real y definitiva, están proclamadas en 
esa composición que implícitamente contiene lo que 
luego el arte clásico ha de cantar con mas noble 
pompa. Y fué así el verso, — el verso popular de 
la canción y el verso majistral de la oda, — el que 
dió a la revolución su verbo, su espresion directa, 
el molde sonoro en que se vació vibrando con varo- 
nil espansión la idea madre de la nueva era; la 
idea madre presente e invisible como victoriosa fa- 
talidad que hace oqulta su camino, en aquel cuadro 
del pronunciamiento bajo los balcones del cabildo 
donde había una revolución ignorada de muchos de 
los mismos a quienes impulsaba con su misteric" 
80 empuje; la idea madre de democracia, de go- 
bierno propio y directo que se formuló orijinaria- 
mente en una recia línea de prosa digna de ser 
grabada como un gran verso en la mas ancha pa- 
jina del mármol conmemorativo: la que pronunció 
aquel día la voz de Mayo diciendo: “¡El pueblo 
quiere saber de lo que se trata!” 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


11 


El pueblo quiere saber de lo que se trata. El 
pueblo quiere ser dueño de sí mismo, de sus inte- 
reses y de sus destinos ; quiere, en una palabra, ser, 
en adelante, el soberano. 

La Revolución, prolongada hasta su término na- 
tural, la república, estaba toda en esá frase : espíri- 
tu, voluntad, trascendencia final. 

Pero las personalidades oficiales que la represen- 
taban no pudieron proclamar de inmediato en toda 
su estension ese dogma gritado por la plaza pú- 
blica en uno de aquellos supremos instantes en que 
un gran movimiento encuentra fsu fórmula hish 
tórica. Para unos, esa fórmula era aun la monar- 
quía, el gobierno propio, independiente, pero con 
los viejos atributos de la autoridad rejia; y este 
mismo, era designio secreto en razón de lo avanzado. 
Para todos, la fórmula ostensible, “la fórmula re- 
volucionaria” del momento, tuvo que ser la de aca- 
tamiento a Femando VII con declaración de -con- 
servarle la integridad de estos dominios; la fórmu- 
la que juró el primer gobierno patrio en la me' 
morable ceremonia del 25 de mayo. 

En cambio el verso recojió desde el primer mo- 
mento el ideal de una “patria nueva” (así la pro- 
clamaba), y lo llevó y lo sostuvo aleteante en la 
atrevida lijereza de la canción y en la audaz pi- 
cardía del cielito criollo, hasta depositarlo, ya ma- 
durado y vital, en su definitivo molde de superior 
elocuencia poética; en aquella estrofa que cantó la 
primera “Al gran pueblo arjentino, salud!” 



12 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


II 


Esta función política, este alto destino histórico 
del verso, llamado a ser el lenguaje natural, la pro- 
clamación mas espontánea y sincera dd íntimo y 
trascendental espíritu de Mayo, se reveló de in- 
mediato en una sin^lár característica de nuestra 
revolución . 

La Patria, en nuestro suelo, nació cantando. Y 
se fortaleció y se nutrió y se historió con cantos. 

“La aurora de Mayo”, se dice tantas veces, apli- 
cando, al decir esto, una de esas figuras de espre- 
sion literaria que parecen responder tan solo a 
aquellas poéticas analojías y simbólicos relaciona' 
mientos en cuya j entil idealización tanto se com- 
place el espíritu, y que, sin embarco, en presencia 
de la realidad de los hechos observados en su sen- 
tido moral, es decir, en su real valor histórico, re- 
velan una eorrespondeneia de verdad efectiva que 
muchas veces las convierte en simples calificacio- 
nes de esos hechos. 

Aurora: miomento inicial de un período de vida 
activa tras un período de yaoencáa oscura, de sue- 
ño, de silencio; difusión de luz, despertar de espí- 
ritus; eso, reai, efectivamente, fue, mirada en sus 
rasgos, — ^podría decirse, materiales, — de fenómeno 
histórico, de hecho social, la revolución de mayo. 

Nada, quizá, da tan clara esta nocion de algo 
que despierta, de algo que nace de sí mismo en un 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


13 


momento dado, como la manifestación literaria de 
la nueva personalidad que surgió al pronunciarse 
el derrocamiento del último virrey del Río de la 
Plata . 

Como las aves al amanecer, aquel pueblo ^pezó 
a cantar a la primera radiación de la nueva época ; 
a cantar con ecos dispersos y tímidos primeramen- 
te, ensayando voces que aquí y allá dejaban adi- 
vinar aleteos, manifestaciones de un estremecimien- 
to general de vida que despierta en la penumbra; 
con mayor robustez y amplitud de notas luego, 
estímulos del momento y del número a la propia 
osadía en profuso, sonoro y nutrido concierto por 
fín, en el deslumbramiento de la luz plena, en la 
embriaguez de arrogancia que proclamaba con un 
grito al sol cada una de las victorias anunciadas 
por los lejanos retumbos del cañón patriota. 

No es tampoco ^o una figura literaria; es la 
espresion de un hecho. El sol fue desde un prin- 
cipio el símbolo de aquella revolución que se pro- 
clamó sin sol, bajo el nublado lluvioso de mayo. 
La poesía y el espíritu popular no se resignaron 
a que faltara en el cielo ideal de la libertad su glo- 
ria radiante; lo hicieron surjir y lo instituyeron 
en objeto de una especie de culto triunfal en que 
a la vez había cierta familiaridad de identifica- 
ción filial. 

Los himnos al sol compuestos para ser entona- 
dos por las voces infantiles en la plaza histórica, 
abundan en la literatura de Mayo. 



14 ARTÜBO CIMéNRZ PASTOR 

Al sí>l que brillante 
y fausto amanece, 
aroma» y canto» 

América o&ece. 

• La Patria despierta 
y 811 rostro hermoso 
baha luminoso 
el rayo solar. 

Otro do la misma época, canta aaíj 

Al «ol rcfuljente 
que brilla este día 
Jazmines y rosas 
América envía, 

I Salve, veinticinco 
de Mayo yloriosof, 
día venturoso 
de la libertad. 

Tu íol fué propicio 
al americano, 
que cífió ufano 
laurel inmortal. 

Ksto no llega, sin duda, a oonatituir una es- 
presión literaria; no es mas que la espansion de 
esa musicalidad intuitiva de la musa plebeya que 
dice con pretenciosa puerilidad cosas que sólo sue- 
nan bien en voces infantiles; pero estamos ante el 
valor significativo de los primeros cantos de la 
libertad. 

I*odomo« aun oir esa misma salutación entonada 



LÓS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


15 


por voces de negros. También ellos, — ¡y con cuán- 
ta razón ellos!, — cantaron al astro en que se sim- 
bolizaba la gloria de la liberación, con su media 
lengua que los hace un poco niños. 

La prolijidad papelista ha hecho llegar hasta 
nosotros estos ecos: 


Ma luego ne solisonte ' 
lo sol melicano blilla 
alojado dese Oliente 
len cadena le Mandinga. 


Hay en este culto del sol un sentimiento en que 
podríamos reconocer la rudimnentaria exaltación 
del alma indígena definida con sello americano 
en el sentimiento y en el culto incásict», y hay 
una alegría de despertar que se esplica como un 
hecho casi físico por los antecedentes de la vi- 
da colonial y el contraste de la espansion liber- 
tadora. 

Hasta el histórico día de Mayo el labio criollo 
había permanecido mudo en la clausura de una 
existencia limitada e inerte que sujiere la ima- 
jen de inmóvil y silencioso mar dormido entre .ce- 
rradas riberas. 

La situación de la colonia indiana del Río de 
la Plata en su relaeionamiento con la metrópoli 
española venía a ser la de una pupila bajo tute- 
la tanto mas restrictiva a toda acción autónoma, 
cuanto mas estraño era el tutor ausente a la exis- 
tencia de aquélla y mas arraigado estaba en él por 



16 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


el apartamiento y la lejanía el concepto de una 
incapacidad cultivada por el réjimen tutorial. 

El aislamiento impuesto por el sistema colonial 
español y por las condiciones de la vida universal 
en aquellos tiempos de escasos y lentos transpor* 
tes, mantenían localizadas y reducidas al movi- 
miento que podría decirse doméstico las activida- 
Qos de la sociedad del virreinato. Se vivía una 
existencia tarda y monótona cuyo estéril dinamis- 
mo sometido a ritmo de costumbre inmutable no 
tenía el estímulo de cualquier objetivo ulterior 
autónomo . 

Un viaje constantemente repetido en tomo de 
la circular ribera de aquel mar sin oleaje ni ho- 
rizonte abierto que nos ha dado una imájen de 
la vida colonial, — ^viaje sin emociones, sin revela- 
ciones ni accidentes, tal sería la imájen activa de 
esa existencia reducida a ser en su espíritu, en 
su función y en su pensamiento un pálido refle- 
jo de la vida administrativa, — que no de la vida 
nacional, — de la metrópoli lejana, centro vital que 
irradiaba débilmente sobre el amodorrado virrei- 
nato . 

La partida de tresillo del virrey, la festividad 
relijiosa, la llegada del barco que traía noticias 
de España, el remate de esclavos, la nueva moda 
lanzada por el currutaco en boga, las controversias 
de teolojía menuda, las reyertas de frailes y con- 
ventos, tales eran los acontecimientc^ de la socia- 
bilidad colonial, en cuyo conjunto destacaba de 
cuando en cuando un relieve memorable la llega- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 17 

da de un nuevo virrey o la jura de un nuevo mo- 
narca. 

Esto era la vida de aquellas j entes do la ciu- 
dad indiana en cuanto podía interesar sus activi- 
dades esteriores. Bajo este soñoliento espectáeulo 
bullía, naturalmente, la humanidad eterna y de 
todas partes, y con ella amores, odios, ambiciones, 
dramas, poemas y novelas de la vida pasional. Pe- 
ro todo, lo público y lo íntimo, sin horizonte abier- 
to sobre el mundo, en la sombra de lo que dentro 
de sí mismo comienza y acaba, en la compresión 
de una cautividad moral que se traducía en un 
sonambulismo indefinido e igual, sin la esperan" 
za del despertar con un nuevo día a lo no previsto, 
a las posibilidades de un diverso destino. 

La piedra que en 1806 y 1807 arrojara Inglate- 
rra contra aquella agua inmóvil sacudió con su 
golpe al durmiente, llamándole a desconocido cam- 
po de acción ante el cual se entreabría el horizon- 
te anunciando claridades no presentidas, y fueron 
eco de ese golpe débiles 'ecos de lira que el estre- 
mecimiento de los espíritus concertó en los can- 
tos de Prego de Oliver, en los humildes romances 
de Rivarola y en '‘El triunfo argentino” de Vi- 
cente López y Planes, primera vibración de las 
cuerdas en que dormía ignorado el futuro "Him- 
no nacional”. 

Luego volvió a reinar el silencio, pero ya inquie- 
to, vagamente ajitado como por un batir de alas 
en la sombra: el aleteo de aquella "nueva musa” 
reconocida después en su influjo divino por fray 



18 


ARTUnO GIMÉNEZ PASTOR 


Cayetano Rodríguez cuando pudo llamarse “La 
Patria”; es deoir, el sentimiento de la personali" 
dad nacional que iba haciendo camino en los es- 
píritus, que iba afirmando en ellos una a modo 
de revelación de nuevos destinos, al acercarse el 
momento en que, conoio en la canción de de Lúea, 
el padre a sus hijos pudiera decir: “gozad de de- 
rechos que no conocí”. 

La nueva musa fué así abriendo poco a poco 
la noche, y al surjir Mayo de pronto en la colonia 
criolla inerte y cerrada, rapgóse lel tíltimo velo 
sobre un océano de luz poblado de cantos, y fué 
aquel romper de voces que empiezan a cantar con 
López, Lúea, Rojas, fray Cayetano, Molina, 
liafinur y Vera, los entusiasmos y los gozos del 
alma nacional. 

Había salido el sol en la cdonia. 


III 

No es vulgar caso este de una revolución que 
se traduce en verso ; que encuentra en un núcleo’ de 
poetas sus adalides y sus heraldos ; cuya proclama- 
ción, en cuanto espresa la idea y la voluntad po- 
líticas que constituyen su médula, tiene en la li- 
ra su instrumento de propaganda mientras el es- 
fuerzo de la acción se ejercita tenso y vibrante con 
tumulto de epopeya. 

En j eneral, la política y la guerra aparecen en 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


19 


la historia como fenómenos, mas que poco propicios, 
contradictorios con el alto desenvolvimiento de las 
actividades poéticas. Cuando la ñebre de la acciDn 
que convulsiona o batalla hace presa de una so- 
ciedad comprometiendo en agudo conflicto sus des- 
tinos, la poesía, después de haber dado a las mu* 
chedumbres en movimiento sus cantos de combate, 
calla, cubierta la rítmica voz por el estrépito de la 
campaña, turbada la serenidad superior de su na- 
tural esfera de desenvolvimiento por la tempestad 
de las pasiones. El afan dominante que se tradu- 
ce en ajitacion intensamente dinámica, sobrepone 
el hecho a todas las manifestaciones de la activi- 
dad mental que no sean el hecho mismo bajo dis- 
tintas formas. En tales situaciones, solo la poesía 
de la acción encuentra órgano y eco. El órgano 
literario de la acción es la oratoria; su instru- 
mento es la tribuna, su poesía es la elocuencia. La 
arenga y la proclama son el verbo del hecho: el 
impulso borbotando en palabras que enardecen y 
empujan los espíritus y las multitudes. 

Tal es el cuadro de la revolución francesa. Una 
vez que Rouget de ITsle le hubo dado su himno de 
combate, el torrente de la oratoria política avasalló 
y anuló todas las otras manifestaciones literarias 
irguiéndose única y soberana en las épicas joma- 
das de la Asamblea y de la Convención. 

El mismo Rouget de ITsle pareció haberse que- 
mado todo en el arrebato de inflamado heroísmo 
poético que forjó las inmortales estrofas de “La 
Marsellesa”; definitivo silencio advirtió luego que 



30 aIíturo eiMéNBZ t>AS'rOR 

BU misión había, concluido allí. La Revolución ha* 
bía encontrado su verso único, y después de eso 
tocaba a la lira callar ante el homérico fragor de 
la gran crisis que devoró a Andrés Chenier cuando 
todavía encerraba su mente de poeta aquel “algo" 
que señalando la frente decía llevar oculto tras 
ella mientras hacía su camino la carreta fatal. 

Mirabeau, Danton y Vergnaud, y Robespierre y 
Marat tenían la palabra . . . 

La revolución arj entina, por el contrario, no 
tuvo el verbo fulgurainte de la tribuna como es- 
pítísión característica. Fué una cosa que se coijsu- 
mó rápidamente por la voz breve y tumultuosa y 
por el hecho apremiante de la opinión. 

La idea del movimiento tuvo su desarrollo total 
de evolución positiva con resultante inmediata, en 
el breve tiempo que media entre la reunión noctur- 
na del 19 de mayo en casa de Rodríguez Peña y 
el juramento de la primera junta en la tarde del 
25. 

El debate en cabildo abierto o congreso jene- 
ral, como lo llama el acta de aquella asamblea, fué 
la única manifestación de oratoria organizada que 
tuvo en su desenvolvimiento inicial, y aquel mis- 
mo debate se caracterizó con rasgos mas propios 
de controversia dialéctica que de elocuente efusión 
patriótica que desborda en la tribuna haciendo de 
la palabra un divino fuego. 

En el conjunto del cuadro revolucionario sen- 
tido eu sus ecos de espresion verbal, el coro cla- 
moroso de las odas y de los himnos cubre induda- 



Los POETAS DE LA PeVOLUCIOK 


21 


blemonte las voces, mas hábiles que robustas, de 
Castelli y de Paso. 

El verdadero tribuno de la Revolución, por el 
empuje, por la pasión, por la tensísima enerjía de 
su espíritu, fué Mariano Moreno. Y este fue en 
realidad el tribuno de la plxima, de la palabra es‘ 
erita que vibra y vuela en cuartillas nerviosa y 
firmemente rasgueadas. Lo quisieron así las cir- 
cunstancias. Ni la naturaleza de aquel fqgoso com- 
batiente,. que negó a su vehemeaieia el eco de la 
voz poderosa y la fuerza espansiva de la salud, ni 
las condiciones en que se desarrolló y consumó el 
movimiento, negando tiempo y lugar a la acción 
de la asamblea y del club, propiciaban su manifes- 
tación en el campo de la elocuencia viva y directa 
que arrebata con el sonoro verbo de la arenga me- 
morable. 

La misma prosa escrita estuvo sólo en una hora 
al frente de la literatura revolucionaria con la 
“Representación de los hacendados”, con el pro- 
grama de la nueva era y con los decretos, nervio- 
sos y decisivos, del primer secretario de la Junta de 
Mayo. Verdad es que fué el momento inicial, el 
solemne momento en que la prosa firme, neta y 
osada de Moreno fundía en sus períodos el pensa- 
miento de la Revolución. 

Después la prosa pasó a ser (apuntamos las 
grandes líneas perceptibles a la ojeada j eneral) 
pasó a ser documento y propaganda oficial; fué 
“La Gaceta”, es decir, periodismo, elemento de 
combate en el terreno de la política interna, sobre 



ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


2Í 

todo cuando a las inspiraciones del alto espíritu 
batallador de Moreno sucedieron las del espíritu 
sombríamente apasionado de Monteagudo y al enér- 
jico pero amplio brío del estilo de aquél, la tensa 
agresividad aforística de la retórica de éste. 

Entretanto, el verso fué a un tiempo no sólo el 
natural medio de espresion y comunicación del 
espíritu de la época, sino también el instrumento 
político de exaltación patriótica y el vehículo de 
las ideas ; y fué la historia y fué el futuro. Y lo fué 
todo en tal medida, que Florencio Varela pudo decir 
en su tiempo: “Entre nosotros casi toda la litera" 
tura destinada a vivir mas aUá del día está limi- 
tada a la poesía: en ella está nuestra historia, en 
ella nuestras costumbres, en ella nuestras creen- 
cias, ideas y esperanzas. Lo demás que ha produ- 
cido el jenio americano ha pasado como el humo 
de los combates que han constituido nuestra ocu- 
pación y nuestra existencia”. 

Y Juan María Gutiérrez pudo a su tumo decir 
de uno de los bardos de Mayo : 

“El poeta destella rayos de luz por entre las 
nieblas eondeatisadas de la colonia, y traza con el 
verso el camino por donde hemos andado hasta el 
día, realizando como nos ha sido posible las pro- 
mesas confusamente encerradas en los programas 
de la Kevolucion”. 

Así fué en efecto, y queda ya indicado hasta 
qué punto el verso, alado lenguaje de la fantasía 
poética, se convirtió en lenguaje de la acción his- 
tórica, en proclama del entusiasmo patriótico y en 



LOS POETAS DE LA REVOLÜCION 


23 


profecía del futuro. Del futuro a que necesaria- 
mente llevaba la independencia, sentida por je- 
nerosa identificación del sentimiento nacional, que 
el verso recojió y fundió en sus ritmos, hasta adi- 
vinar las mas remotas proyecciones de su desen- 
volvimiento victorioso . 


IV 


Pero lo mas singTilar de este caso es que la cam- 
paña política de acción positiva y apremiante sus- 
citó en el tumulto de su empeño la poesía antes 
no cultivada en el propicio sosiego del lugar ocio- 
so, (donde, sin embargo, parece que la divagación 
imajinativa debía ser una necesidad de los espí- 
ritus), enjendrando la ^vocación y la aptitud antes 
anuladas por la indiferencia del vivir lugareño. 

La colonia, en efecto, no llegó a concretar su 
actividad intelectual en una espresion poética re- 
veladora de espíritu literario significativo en apre* 
ciable medida. Da esa medida, como suma die lo 
que en esta materia se había alcanzado, el primer 
periódico fundado en Buenos Aires, el “Telégrafo 
mercantil, rural, político, económico e historiógra- 
fo del Río de la Plata”, ( 1801 ) y mejor que la pu- 
blicación, su promotor y director, el famoso coronel 
y abogado español don Francisco Antonio Cabe- 
llo y Mesa, cuya personalidad, de menos que me- 
diocre nivel, se califica desde luego en la redac- 



24 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


cion y ortografía de la propuesta y de la circular 
iniciadoras. 

Sin la ‘‘Oda al Paraná”, de Labarden, que en 
ese periódico se dio a luz y que constituye una no- 
ble manifestación de anhelo y de arte poéticos en 
que la visión de la naturaleza local intenta por 
primera vez asomarse al verso (como antes ya, por 
obra del mismo Labarden, la raza y el asunto dra- 
mático indíjeuas al teatro de “Siripo”), aquel ín- 
dice del espíritu literario de la colonia sólo cons- 
tituyera una total espresion negativa, en que las 
fábulas de D. Domingo de Azcuénaga acusan el 
único relieve discreto, al menos. 

Esa literatura versificada de la colonia sólo tra- 
duce el espíritu doméstico, la actualidad lugareña 
de aquella sociabilidad de vecindario privada del 
gran pasado y del abierto futuro que son fuentes 
de poesía en los pueblos a quienes la historia y el 
porvenir ofrecen la inspiración de las glorias propias 
y del propio destino. La tradición histórico-socio- 
lójica, que fuera el vínculo de identificación con 
la vieja España, se había desvanecido en la dis- 
tancia del aislamiento. Las leyendas, las glorias 
y el espíritu nacional de aquélla habían perdido 
su vitalidad de nacionalismo común al dilucirse en 
la ausencia moral que espaciaba cada vez más la 
distancia entre el foco y la proyección. Los héroes, 
las grandes empresas, los recuerdos poéticos del 
alma española, — el Cid, la Reconquista, las leyen- 
da medioevales, — no eran ya héroes, glorias o re- 
cuerdos nacionales en la América española; la in* 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


25 


diferencia del alma indíjena había contribuido, 
por su parte, a desvanecer en el espíritu popular 
ese pasado estraño a ella, y todo eso no podía en- 
cender ideas propias en el pensamiento de la 
colonia, ajitar su alma o mover su labio. 

Se estaba en otro suelo, en otro mundo que aquel 
de las hazañas, sentimientos y hechos de la vieja 
España, y la naturaleza, el espíritu que ella y las 
condiciones sociales que la vida criolla habían de- 
terminado, eran otros que los de la nación genera- 
dora. En realidad, la colonia era el limbo de un 
pueblo del futuro que, para serlo %ias y mejor, ca- 
recía de pasado. 

El futuro no existía como ideal colectivo; dentro 
de la rutinaria inercia a que obligaba el réjimen 
puramente vejetativo impuesto a las poblaciones del 
dominio indiano, el porvenir social tenía que ser 
la repetición del presente. El mañana dejaba así de 
ser una palabra de esperanza, de ilusión, de posi- 
bilidades más o menos indefinidas; la palabra que 
abre horizontes no esplorados ayer, que muestra 
espacio hacia donde se va en busca de esa renova- 
ción en que se cifra el hecho mismo de vivir. El 
futuro sellaba, pues, el labio y adormecía el es- 
píritu de la colonia con silencio de vacío no me- 
nos brumoso que el del pasado. 

En cuanto al presente de cada día, ya hemos 
visto hasta, qué punto era pobre en estímulos a la 
exaltación poética que requiere para inflamarse las 
enerjías de la vida intensamente vivida y lleva 
siempre en sí el afan de la gloria, imposible sin 



26 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


teatro que, al menos en cierta medida, responda a su 
necesario espíritu de universalidad. 

La intimidad de aquella existencia sólo podía 
dar de sí lo que fué en rigor la verdadera espre; 
bion literaria característica de la colonia: la sá- 
tira menuda, la murmuración versificada, con to- 
do, mas vital que las fofas loas de recepción, de 
cumpleaños y de exequias. Ejercicios propios de 
ese pequeño mundo que se organiza en los inter- 
nados escolásticos. 

“El filósofo indiferente” Péllohio Cantón, o sea 
aquel coronel Cabello y Mesa del “Telégrafo mer- 
cantil” era, pues, una espresion del medio y del 
espíritu literario. Su decidida afición a la letri- 
lla satírica era consecuencia del gusto jeneraiiza- 
do a que habían rendido culto casi todos ios in- 
genios de la colonia, desde Maziel hasta Labarden. 

Este mismo enrarecimiento que esplica la mu- 
dez, o peor aun, la gárrula tartamudez poética de 
la agrupación colonial, (pues si la poesía no te' 
nía voz, crepitaba copiosa, en cambio, la vana y se- 
ca versificación), esplica a la vez por qué el vuel- 
co histórico de Mayo determinó esa revoloteante 
espansion musical en los espíritus que hizo de la 
poesía el lenguaje natural de la Revolución. 

Se abrieron de repente puertas sobre un espa- 
cioso mundo moral en que bullían jérmenes de ac- 
ción trascendente; irrumpió en los espíritus el ai- 
re impregnado de elementos vitales, con Ím- 
petu y espansion gloriosos. El tumulto de sentí-' 
mientes e ideas reclamó desahogo que sólo la exal- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


27 


tacion lírica podía dar, y esta se convirtió así 
en la expresión social de aquella hora, y fué así 
en efecto la Patria la primera musa argentina, lo 
que suscitó en los corazones la esperanza, la vi- 
sión de futuro, el entusiasmo de los grandes he- 
chos. Les dió un amor, un objetivo, un ideal; les 
reveló la poesía de la libertad y de la gloria. 

Ya había allá arriba y allá adentro algo que 
cantar, algo digno de ser cantado con el corazón 
puesto de pie. El viejo sol de los incas, el sol de 
América, — ahora astro de futuro, astro de epope- 
ya, — esperaba radiando en limpio cielo la hora de 
ocupar su puesto en una nueva bandera. 

Y así fué cómo surjió con Mayo la poesía dando 
a la Revolución esa alta voz del poeta que hace 
sentir en el hecho el alma de la empresa superior 
por su mira y su horizonte a los episodios circuns- 
tanciales de la vida interna de los pueblos. Y así 
fué cómo el verso nació para que en él resonar 
ran todos los ecos de esa marcha a paso redobla- 
do que iba señalando con victorias las etapas de 
la idea nueva llevada a toda la ostensión del con- 
tinente, y quedara en sus ritmos cantada la histo- 
ria poética civil y militar de la Revolución en su 
gran período: el pronunciamiento, las batallas, las 
conquistas libertadoras, los progresos sociales y 
materiales. 

Desde luego, el estruendo y las dianas de las 
batallas repercuten en la lira patriota con eco mul- 
tiplicado, y ya que no siempre rico en inspirada 



28 


ABTÜRO GIMÉNEZ PASTOR 


sonoridad de grande aliento, por lo menos pródigo 
de jenerosa intención. 

Fray Cayetano Rodríguez, de Lúea y Rojas res- 
ponden a la gran voz de Chiacabuoo. El mismo 
fray Cayetano, Molina, López, Lafiniur y después 
Juan Cruz Varela e Hidalgo, cantan en clamor de 
versos la gloria de Maipo; el Callao tiene también 
su múltiple loa, y la muerte de Belgrano suscita 
los acentos de la elejía patriótica en la voz de La- 
finur, de Lúea y del futuro cantor de Ituzaingó. 

Pero no sólo las batallas y sus héroes obtienen 
el tributo de la poesía: López y Lúea cantan “Al 
pueblo de Buenos Aires”, y el último, de^ués de 
saludar la libertad de Lima, desplegando visioneé 
de futuro civil que el tiempo ha realizado, deja 
leeuerdo de homenaje a los progresos materiales 
del nuevo pueblo en sus versos compuestos con mo- 
tivo de los trabajos hidráulicos de 1822 , mientras 
Juan Cruz Varela, cantor también de ía libertad 
de Lima y de los trabajos hidráulicos, eleva su 
oda a la libertad de la prensa. 


V 

Pueden señalarse sin esfuerzo alguno para des- 
cubrirlas, visibles analo jías y afinidades de la lite- 
ratura de la revolución arj entina con el espíritu 
literario que caracterizó la época del “Rinnova- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


29 


üiento” italiano, en que la ‘‘poesía civil”, — ^ía poe- 
sía militante de propaganda política, — desempeñó 
un histórico papel de circunstancias. 

Entretanto, para completar este estudio de las 
características jenerales de la poesía de Mayo con- 
templada en su aspecto de conjunto a fin de lo- 
grar un concepto previo de sus líneas dominantes 
y significa/tivas, — observemos que el espíritu de 
esa poesía, orientadas todas sus potencias hacia el 
objetivo político, estaba en el mismo caso y apli“ 
caba el mismo criterio de Mazzini, que proponía 
la poesía de Hugo Fóscolo como ejemplo a los jó- 
venes “para que aprendieran en ella el fin y la 
dignidad de las letras y la virtud de independen- 
cia, de valor y de amor patrio que por sí solos 
conquistan a los escritores fama duradera”. 

Nuestros poetas de la Independencia cumplían 
también con sus versos una función pública, un 
apostolado patriótico. 

Alto objetivo que da a sus composiciones el mé- 
rito del sentimiento histórico nacional, en ellas 
rítmicamente modelado, pero que les niega ese so- 
berano desinterés del arte que es una de las con- 
diciones de intrínseca y universal superioridad 
er. él . • 

Fueron más patriotas que artistas, pero crearon 
un arte para la patria y ella lo legó al porvenir. 

Por otra parte, prescindiendo del resultado ar- 
tístico, ya que el arte no era en la poesía de la 
Independencia lo principal, es sin duda uno de los 



30 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


timbres de honor de niuestra Reivoltición esa fe 
en la virtud de las fuerzas morales que confiaba 
al verso la prédica del nuevo evanjelio político 
cuyo triunfo debía ser la nueva nadon. 

Esa fe que era también entusiasmo y respeto, 
agrupaba en los “recibos” a las patricias, los pró- 
ceros, los tribunos y los guerreros en tomo del poe- 
ta, ora en el salón de Joaquina Izquierdo, — la joven 
matrona que fué la más elocuente lectora de ver" 
sos, — salón donde se celebró oficialmente, por de- 
cirlo así, y con poesía siempre, la victoria de Mai- 
po; — ora andando el tiempo, en el recibo de Es- 
teban de Lúea, donde el mismo Lúea y Darra- 
gueira recitaban las odas de Juan Cruz Varela 
joven y donde “el loco Tartaz”, con quien se diver; 
tía en su celda franciscana fray Cayetano Rodrí- 
guez, recitó por primera vez “El sueño de Eula- 
lia contado a Flora”. 

Y este espectáculo de complacencia, interés y 
respeto por las letras, había de presentar todavía 
el cuadro de Juan Cruz Varela leyendo su “Dido” 
— ^la trajedia no ya mas o menos patriótico-políti- 
ca, sino puramente literaria — en el salón cultísimo 
de D. Bernardino Rivadavia, en presencia de los 
ministros y los patricios de 1823. 

Delineado el cuadro de la poesía de la Re- 
volución en sus rasgos signiñoativos de espíritu, 
función y caracteres dominantes, pasemos a estudiar 
las personalidades de esa literatura en sus produc- 
ciones mas características. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


81 


Confirmaremos así los concepto j enerales con 
los ejemplos en que ha de concretarse, particula- 
rizándose, nuestro estudio, y al hacerlo oiremos 
cantar el viento heroico de la época en la voz de 
los primeros poetas argentinos. 




LAS INVASIONES INGLESAS 




Quedaron ya indicados, aunque lijeramente, en 
las anteriores pájinas, dos períodos del movimien- 
to poético que el proceso de la independencia de- 
terminó. 

Uno, es el período pre-revolucionario, anterior 
al pronunciamiento de Mayo pero vinculado al es- 
píritu orij inario de éste por aquel choque de las 
invasiones inglesas que despertó en el pueblo de la 
colonia la conciencia de la propia personalidad y 
de las propias fuerzas. 

Empezó entonces a vibrar la lira nativa con le" 
ve y humilde tono épico en los romances del sa- 
cerdote Pantaleón Rivarola y con ambicioso acen- 
to lírico heroico en “El triunfo arj entino” de 
Vicente López y Planes”. 

Esta literatura de la defensa y de la reconquis- 
ta de Buenos Aires, no tiene en realidad otra sig- 
nificación nacional que la del hecho que la deter- 
minó, atendido su carácter de antecedente social 
de la Revolución. % 

En sí misma, apenas acusa levemente insinuada 
la orgullosa complacencia de un ^fuerzo que pre- 



36 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


senta al nativo como digno de su ascendencia his- 
pana. Es el triunfo español conseguido por el ve- 
cindario indiano lo que ella canta y depone a loe 
pies del rey, señalando a su atención ese esfuerzo 
como prueba de fidelidad, con alegría de quien se 
complace tanto en su éxito propio como en la sa- 
tisfacción que ese éxito dará al señor, destacando a 
sus ojos la personalidad del vasallo. 

Pero, aun dentro de estos caracteres política- 
mente tan subalternos, en las diferentes manifes- 
taciones de ese primer comentario poético de la 
acción nativa ejercitada por sí y ante sí, suplien- 
do el aliento y la autoridad que desmayaran en el 
virrey español, se va revelando una progresión as- 
cendente del sentimiento de la personalidad ar- 
jentina, muy interesante de observar. Prego de 
Oliver, escritor y funcionario español, administra- 
dor de la aduana de Montevideo, celebra en sus 
odas a la Reconquista, a Liniers y a Montevideo, — 
no desprovistas de arrogante énfasis lírico que lle- 
ga a cierta repercusión de elocuencia — el esfuerzo 
y los éxitos de la primera campaña americana con- 
tra un invasor europeo. 

Pero es el triunfo español el que exalta Prego y 
son sus sentimientos de español y de súbdito fer- 
voroso los que le inspiran. En esa. victoria del 
brío ibérico, el poder y la gloria del monarca son 
los que han triunfado; el empuje criollo no res- 
ponde a un despertar del espíritu ameri- 

cano; es un gallardo pero rendido impulso de fi- 
delidad ; el pueblo que combatió en las jomadas de 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


37 


la Beconquista y de la Defensa no defendía en ellas 
sni propio suelo y sus propios derechos : defendía los 
dominios y los derechos de la corona. 

La oda a Liniers, caudillo del rey, termina así ; 


La vocinglera fama con presteza 
Al cielo s© levanta, 

Las auras corta con lijera plairta. 
Llega a Madrid y cuéntale a Su Alteza 
En tono humilde y blando 
El hecho de las armas de su mando. 


K 

El canto a Montevideo, donde la idea y la obra 
de la resistencia encontraron el ardor y los ele- 
mente» que su efectividad reclamaba, se cierra con 
esta invocación : 


La paternal cabeza asoma, asoma, 
Augusto Carlos, y verás un pueblo 
En escombros envuelto, y cada escombro 
Será padrón en que leerán los siglos: 
«Al pueblo supo Carlos rejir blando, 

Y por Carlos el pueblo morir supo!». 


El mismo espíritu se manifiesta en los romances 
de Rivarola, que no son mas que una crónica rima- 
da de los episodios de la invasión; crónica bien 
poco poética, ciertamente, y cuya forma rítmica 
sólo se esplica por el propósito, que su autor de- 
clara, de facilitar, recurriendo a ese medio, la per- 
petuación de tales hechos en la memoria del pueblo. 



38 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


He aquí un jirón del TOinanee de la Reconquista: 


Las ninfas del Arjentino 
y las graciosas nereidas 
penetradas de dolor, 
en sus plateadas arenas 
con las lágrimas que vierten 
la clara corriente aumentan, 
y el eco de sus jemidos 
repite en tristes cadencias : 

«I Ay I I Ya no somos de España ; 
somos ya de la Inglaterra! 


El final del romance de “La gloriosa defensa” 
dice: 

Y vos, loh! gran Carlos cuarto, 
dueño y señor de esta tierra, 
recibid los corazones 
que con amor os presentan 
estos humildes vasallos 
' que con amor os veneran. 

Ño queremos otro rey, 
más corona que la vuestra. 

Pero Rivarola era arjentino, y las afinidades je- 
nninas se acusan ya en su verso siquiera sea en 
la mayor simpatía al elemento indíjena y en la 
enumeración de nombres que luego la Revolución 
ha de hacer ilustres inscribiéndolos sellados con 
la gloria del triunfo o con el honor del esfuerzo 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


39 


cooperativo en las pájiiias de la gran campaña 
por la libertad. 

En esas enumeraciones de Rivarola, que son ¡ ay ! 
su único y levísimo punto de contacto con Home- 
ro, se presenta en formación, ya definido e indivi- 
dualizado, el pueblo que ha de hacer muy pronto 
la jomada de Mayo. 

He aquí cómo van esos apellidos entrando en 
formación ante la historia: 


Acpií el bravo Pueyrrcdón 
lleno de valor se arrostra 
y sin temor de la muerte 
embiste, corre, atropella 
y un carro de municiones 
hace j onerosa presa . 


Aquí otros dos PueyiTedones 
y Orma con brío y destreza 
por el Rey y por la patria 
dan las más gloriosas muestras. 
Aquí don Martín Rodríguez 
con heroica jentileza 
y su primo don Juan Pablo 
constantemente pelean . 


Por otras calles^ entrai^DU 
con invicta fortalez a 
el jeneroso Mordell 
con su marina francesa, 
los fuertes Malvin y EUuri 
y el valiente Chopitea, 
los insignes partidarios 



40 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Núñez, Vivas y Valencia, 
los AJvarez de Bragaña, 
los Pueyrredones y Arenas, 
Méndez, Eerrer, SomeUera, 
Fontin, Irigoyen, Pasos, 
Viamont, Zamudio y Correa 
Córdoba, Toledo, Rniz, 
Miranda, Cos e Iglesia. 


Jamás se ha heoho nada mas prosaico en forma 
de verso, pero llega a enternecer tan grande po- 
breza prodigándose en servicio de tan ambiciosa 
buena intención. Esrta personalidad local que así 
va diseñándose cada vez con mas deñíiido rasgo en 
los cantos de la Defiensa y de la Reconquista, apa- 
rece ya animada por el sentimiento de su espíritu 
propio, que ha de ser después espíritu nacional, en 
“El triunfo argentino” de Vicente López y Planes. 

Con mas vigorosa vibración lírica y mas sonora 
y robusta voz, el futuro poeta del Himno canta 
el mismo asunto de los anteriores, pero destacan- 
do con mayor ñrmeza la presencia y la acción del 
pueblo ya capaz de bastarse a sí mismo ante el 
peligro que hace huir al virrey. 

Es siempre el soberano que ciñe la diadema de 
España e Indias Cl objeto del homenaje poético, 
pero ya se siente en el verso otra entidad, otra 
fuerza que dice: “¡Aquí estoy!”, empuñando las 
armas que el representante de la autoridad real 
dejara caer en aquel momento de flaqueza que de- 
termina una simbólica sustitución de valores; cuan- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


4l 


do el pueblo ocupa el puesto del virrey que huye. 
Allí está y así lo muestra el poeta a Carlos IV : 

Tiende la \ñsla, soberano digno, 

Honra este suelo por momentos pocos; 

,Ve allí acampado cabe el ancho río 
Ese ejército grande; ve la veste 
Militar que los orna; ve el crecido 
Número de estandartes y banderas; 

Ve cuál se puebla de ordenados tiros 
El aura conmovida; cuál varían 
Diestramente sus puestos al sonido 
Del clarín y atambor. ¿Qué tropa es ésta? 
Preguntarás, monarca muy benigno. 

¡Oh ínclito Señor! Esta no es tropa; 

Buenos Aires os muestra allí sus hijos. 

Allí está el labrador, allí el letrado. 

El comerciante, el ailesano, el niño, 

El moreno y el pardo; aquestos solos 
Ese ejército forman tan lucido ; 

Todo es obra, señor, de un sacro fuego 
Que del trémulo anciano al parvulillo. 

Corriendo en tomo vuestro pueblo todo 
Lo ha en ejército heroico convertido. 

“Esa no es tropa; Buenos Aires os muestra 
allí sus hijos”. 

Y es(» hijos no son ya los españoles de Prego de 
Oliver. Son los arjentinos. 

En ún apostrofe a los invasores ingleses, dice la 
mieana composición: 

¿Yosqjros sois los célebres britanos 
Que os gloriáis de haber solos resistido 



42 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


De Napoleón el soberano esfuerzo? 
i Vosotros sois aquellos que habéis dicho 
A la faz de la Europa, que un britano 
Es bastante a rendir cuatro argentinos? 


Formando singular contraste con la mucha mi- 
tología que hay en este canto, según el gusto, o me- 
jor dicho, el mal gusto literario de la época, que 
tanto se complacía en la alegoría y en el clásico 
elenco de dioses y ninfas, hasta mezclar a Jove 
y a las náyades en los asuntos de Beresford y el 
pueblo de Buenos Aires, — ^lo argentino aparece en 
el poema de López como un título de diferencia- 
ción y como una complacencia que la repetición 
advierte muy clara. El orgullo de lo argentino, 
de ese algo que ya no es español aunque quienes 
lo llevan en sí se consideran españoles y no sien’ 
ten como un peso estraño el vasallaje que era pa- 
triotismo; — ^la satisfacción del esfuerzo y del brío 
arjentinos, la conciencia de una personalidad ar- 
jentina, en fin, que antes de la lucha por el suelo 
y por el hogar no se había revelado, advierten que 
en el espíritu del poeta ha surjido el primer anun- 
cio de la fuerza que ha de levantar “en la faz de 
la tierra, — ^una nueva y gloriosa nación”; primer 
anuncio vago y preciso a un tiempo, como inde- 
cisa claridad que se cree la de la noche familiar 
a los ojos y es la del día aun fundido con las 
sombras en la incierta palidez del alba. Revela- 
ción misteriosa que hará brotar síes años mas tar- 
de de esa misma lira el verbo poéticq de la In- 
dependencia. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


43 


Por lo demás, en ese romance, pesado por lar* 
go y verboso, se acusa ya una personalidad lite- 
raria mas definida y capaz del rasgo que destaca 
y fija con enerjía vital el concepto o la visión. 
Este breve cuadro del improvisado ejército, que 
mas arriba fué transcripto, tiene movimiento de 
vida. iCosa tan rara en la poesía de esa época, 
que cifró la poesía en la fórmula eloeutiva y en 
la composición retórica! 




LOS POETAS DE MAYO 




Bernardo Vera y Pintado, Juan Ramón Rojas, 
fray Cayetano Rodríguez, Esteban de Lúea y Vi- 
cente López y Planes forman el grupo de los poe- 
tas de Mayo; es decir, los que con el pronuncia- 
miento surjieron y para cantar la Revolución se 
forjaron. 

Pero en este grupo se escalonan muy distintos 
valores que la enumeración va calificando en lí- 
nea ascendente.. 

Vera y Pintado y Rojas son las figuras repre- 
sentativas de esa poesía del momento que podría 
compararse al mosto en fermentación, al revuelto 
jugo de embriaguez presurosamente esprímido pa- 
ra responder a la avidez del labio febril, poesía 
de acción compuesta para satisfacer la necesidad 
de entusiasmo que siente el espíritu público en las 
horas de fiebre patriótica. 

Vera y Pintado, hijo de Santa Fe, es el Mamel- 
li de Mayo, el de las canciones patriótioo-popu- 
lares de ritmo carnavalesco que hoy hacen sonreir 
y que, no obstante, pudieron ser sin mucho rele- 
vamiento de espíritu y forma el primitivo himno 
o canción nacional de Chile . 



48 


ARTÜRO GIMÉNEZ PASTOR 


En Chile hízole la inquietud revolucionaria hé- 
roe de peirsecucion y de apoteosis a los 29 años. 
Deportado por el presidente Carrasco, su estra- 
ñamiento determinó un acto de opinión que se tra- 
dujo en aeojida y cortejo triunfal a su vuelta. 
Representante de la Junta de Buenos Aires en Chi- 
le, donde fundó el primer periódico allí publica- 
do, “La Aurora”; con actuación intermitente en el 
país propio, dejó en su camino aquellas vulgares 
canciones que las circunstancias consagraron a una 
hora de éxito y cuyo recuerdo sólo a título de eco 
de la voz popular de Mayo puede interesar la cu* 
riosidad evocadora. 

Pero es justo reconocer en su descargo que la 
canción y la marcha patriótica, tan en boga cuando 
las multitudes reclamaban el “AUons!” de fáciles 
marsellesas, no fueron mucho mas afortunadamente 
realizadas por el noble de Lúea y el vivaz fray Ca- 
yetano, cuyos himnos y canciones, que a veces re- 
cuerdan por el movimiento y la espresion la fa- 
miliaridad prosaica de Iriarte en sus fábulas, acu- 
san siempre, mas o menos, como lo ha indicado 
Gutiérrez, la -vnilgaridad embrionaria derivada de 
Arriaza. 

Desde el punto de vista literario, la “marcha 
patriótica” es en la lírica de la Independencia una 
forma tan característica como insignificante. Ru- 
dimentaria y enfática en su vulgaridad, no tiene 
ni la frescura injenua de los cantos popular®, 
ni la elocuencia áspera e irregular de las efusio- 
nes en que se vierte lo heroico primitivo. 



LOS 


POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


49 


Ya diga en la voz de Vera y Pintado: 


El augusto dia 
Empezó a brillar 
En que los esclavos 
Pueden respirar. 

El hombre recobra 
La gran majestad 
Que Naturaleza 
Le quiso donar. 

Ya con fray Cayetano: 

Del celestial orbe 
Bajó la victoria, 

Su nube de gloria 
Las armas cubrió ; 

Sembró de laureles 
Nuevos y triunfales 
Las sendas marciales 
De nuestro valor. 

O ya mas oonoeptnosa en los versos antes trans- 
criptos de de Lúea, que él publicara como de “Un 
vecino de esta ciudad”, la “Marcha patriótica” es 
tan sólo un acompañamiento rítmáeo a cuyo son 
marca el paso la masa popular lanzada a las ca- 
lles por el tumulto político. Es simple impulso di- 
námico que la idea trascendental actuando en el 
fondo viste con pretenciosa resonancia; sin duda 
también el espíritu de la oda, que la escuela li* 
teraria de la colonia había de dar como forma de 



60 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


escelencia magnilocuente al énfasis libertador, con- 
tribuye a ese efecto. 


En Juan Ramón Rojas aparecen bizarramente 
asociados el ánimo rebelde con las dislocadas líneas 
del molde clásico . Llamado a la acción militar 
y al estallido poético por la convocatoria de la 
nueva voz histórica, oficial de patricios, guerrero 
en el Alto Perú, el coronel Juan Ramón Rojas atas- 
có la versificación con igual fuego de acometivi- 
dad que al enemigo, forjando contra el enemigo 
apóstrofes en que el aliento de la indenendencia 
sopla fieramente, arrollando con fogoso ímpetu to- 
do obstáculo de métrica y aun de sentido. Es un 
Tirteo bárbaro que cabalga un Pegaso encabri- 
tado y lo lleva 9. la carga como en un paroxismo 
poético. 

Es por escelencia el poeta impulsivo, exuberan- 
te en fuego y ardor que a veces trazan, como el 
relámpago de un sable, vigorosos fulgores en me- 
dio de la polvareda de la batalla, enerjía tumul- 
tuosa que por desgracia sólo dió rebeldes ale- 
tazos de irregular inspiración. 

Ved al mandón en su entraña! encono 
Acechando el momento 
De echar al indo otra feroz cadena 
Y perpetuar su servidumbre dura; 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


51 


El falla el esterminio 
Del mísero colono 
Con frente denodada, 

Y hasta su estirpe a esclavitud condena. 

Empero, se oye ; libertad ! ; el trueno 
Sonó de Dios, que con su diestra airada 
Despide de su seno 

Hacia la patria en ademan de gloria; 
y la tiniebla de la noche oscura 
Te hundió bajo su sombra. 

Monstruo afrentoso, y tu procaz dominio. 

Y si tu ruina asombra. 

De tu existencia ni quedó memoria! 

En este apostrofe de la oda “A las provincias 
del interior oprimidas”, están acusadas las cua- 
lidades y defectos, — el vigoroso ímpetu, el fuego 
batallador, el énfasis forzado, la violenta cons- 
trucción y las audaces inconexiones que hicieron de 
Rojas el poeta lanzado al asalto del Parnaso, en 
cuyos caminos dejó mas fragor que armonías. 

Hemos de volver a encontrar su vehemencia com- 
bativa inflamando el prospecto de la “Sociedad 
del buen gusto en el teatro”, a que consagró 
después su acción, tan ardorosa, que, al recordar 
su muerte, ocurrida como la de de Lúea en un 
naufrajio, viajando a Montevideo, acude a la me- 
moria la frase que ha quedado como epitafio de 
Moreno: “Era menester tanta agua para apagar 
tanto fuego”. 



52 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Sus himnos patrióticos para celebraciones con- 
memorativas de la Revolución y sus odas “A la 
gloriosa jornada de Maipo” y “A la libertad 
de Lima” incluyen a Juan Crisóstomo Lafi- 
nur entre los cantores de la independencia; pero 
estas obras de circunstancias sólo asociarwsu voz al 
coro clamoroso que acompaña los fastos de la epo- 
peya, sin destacarla con acento en cualquier me- 
dida singular; su lírica heroica se resiente de to- 
dos los defectos de la de sus contemporáneos, sin 
tener las cualidades con que se revela el tempera- 
mento de algunos de ellos. 

Es que, evidentemente, en la lira de Lafinur no 
vibraba jenerosa esa cuerda; espíritu de combate 
en el campo de la filosofía, ciencia a que se con- 
sagró con especialidad provocando ardorosos ata- 
ques con su volterianismo, era en el campo de la 
poesía una sensibilidad que quizás el romanticis- 
mo hubiera desplegado y que el clasicismio llevó a 
la lírica amable de Villegas y Cadalso : la de los 
suaves sentimientos y graciosas visiones que Lafi- 
nur canta imitando a aquéllos con no siempre se- 
guro arte. 

Astros amables de la madre tierra, 

Luces del prado, espíritus del orbe. 

Hijas del sol, hermanas de la aurora, 

Sentid mis voces ; 

Ora la noche entre su horror sublime 
Tanta beldad tirana descolore. 

Ora del sol bebáis las luces .puras, 

Oídme, flores, 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


53 


Que suave canto vuestro dulce jenio; 

Embalsamado el céfiro transporte 
Hoy mis acentos, cual llevaba el eco 
De mis amores; 

Vos <iue me dais los besos de mi Lise 
En cáliz de oro, recibid mis loores, 

Que flores dice el 1 abio cuando dice 
De láse el nombre. 

Sois de la tierra el ornamento digno ; 

A su vejez prestáis matiz y olores, 

(Oh, cuánto os debe, que por vos es siempre 
Virjen y joven! 

I (Oda a las flores) 

La muerte de Belgrano, también llorada por de 
Lúea y López, hizo vibrar con alto acento elejíaeo 
esa sensibilidad de esto poeta de las Tisbes, Lesbias 
y Lises, y a esa muerte debe la vida el recuerdo 
del cantor. 

Tres composieiones le inspiró la desaparición del 
procer; una de ellas en elojio de la oración fúne- 
bre pronunciada por el presbítero Gómez en las 
exequias, y dos consagradas a enaltecer las virtu- 
des de aquel que fuera su jeneral en el ejército 
del norte, en cuyas filas se alistó Lafinur casi niño. 

La que tituló “canto elejíaco” es la que han 
recojido en sus pájinas las antolojías; en realidad 
es sólo la apertura, por su imponencia fúnebre y 
su tensión espresiva, lo que le ha conquistado esas 
pajinas, pues en su desarrollo total la composi- 
ción no tiene igual mérito, aunque es mas sostenido 
que en las mas de las producciones del mismo autor 



54 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


el tono poético ; pero en las tres se hallan los mas 
elocuentes rasgos de la musa de Lafinur, sin que 
por eso dejen las tres de ostentar los vicios carac- 
terísticos del versificador, entre los cuales se des- 
taca el abuso de chocantes sinéresis. 


¿Por qué tiembla el sepulcro y desquiciadas 
Sus sempiternas losas de repente, 

Al pálido brillar de las antorchas 
Los justos y la tierra se conmueven? 

El luto se derrama por el suelo 
Al ánjel entregado de la muerte, 

Que a la virtud persigue ; ella medrosa 
Al túmulo volóse para siempre, 

Que el campeón ya no muestra el rostro altivo 
Fatal a los tiranos; ni la hueste 
Repite de la Patria el sacro nombre, 

Decreto de victoria tantas veces . 

Hoy, enlutado su pendoni y al eco 
Del clarín angustiado, el paso tiende 
Y lo embarga el dolor: | dolor terrible 
,Que el llanto asoma so la faz del héroe!... 

' Y el lamento responde pavoroso : 

¡Murió Belgrano! lOh Dios! ¡Así sucede 
La tumba al carro, el jayl doliente al ¡Viva!, 

La pálida azucena a los laureles ! 


Mas digna de esta aipcírtura del ''canto elejíaco’' 
que el resto de la misma com/posicion, es en el 
"canto fúnebre’^ el cuadro de la guerra civil ro- 
deando la tumba del héroe: 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


55 


que en su alta mente 

Vió las desgracias que la patria llora, 

Y antes que ella lloró; vió de repente 
Jemir los broncos, do el buril pronuncia 
Los nombres de los hijos de la gloria; 

De luto el estandarte que antes fuera 
Prenda de la victoria; 

Ronco el tambor glorioso 
Que predicó el combate,.. 

Los abismos hervir, y las pasiones 
Del mundo apoderarse con fiereza 

Truena la guerra, y mil desastres para 

Y mil sepulcros abre. La cuadriga 
En carro de serpientes arrastrada, 

La densidad rompiendo 

De una nube de crímenes preñada, 

El paso se abre, y en los aires zumba 
Un grito pavoroso a cpie responden 
Los huecos de la tumba! 


Y podría ser remate poético del canto, si la de- 
licadeza madrigalesca del concepto no contrastara 
con el vigor de lo precedente, esta estrofa de la 
oda “A la oración fúnebre de las exequias”: 


Tú nos dejaste al fin, pero dejando 
En nuestras almas la virtud hermosa; 

Así oscurece el sol, porque a otros climas 
Vaya el torrente de su lumbre pura; 

Así la rosa, cuando dulce espira. 

Descarga su fragancia en quien la mira. 



66 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Nos hornos detenido un tanto en este poeta de- 
fectuoso e irregular, pero no mal dotado, como se 
ve, porque él constituye en cierto modo una escep- 
icion dentro del conjunto a que las circunstancias 
lo asociaron ; la poesía y los poetas de la época de 
la independencia fueron suscitados por la revolu- 
ción y para la revolución; a tal punto, que se 
siente el ánimo inclinado a pensar que sin ella no 
hubieran existido. Lañnur, en cambio, aparece co- 
mo una espresion literaria independiente de ese 
hecho; él lo llevó a cantar las victorias o los due- 
los del movimiento histórico, pero su vocación no 
dependió de ese movimiento, y en realidad se des- 
pliega fuera de él, por sí y para sí misma. Todo 
lo contrario de fray Cayetano Rodríguez, Esteban 
de Lúea y Vicente López y Planes, en quienes va- 
mos a estudiar las tres figuras eminentemente re- 
presentativas del espíritu literario de la Revolu- 
ción. 


II 


Este núcleo está vinculado por características 
comunes, — aquellas que el espíritu público y el gus- 
to de la época impusieron, — ^y diferenciando en sus 
elementos individuales por rasgos de temperamen- 
to y modalidades propias que atribuyen a cada uno 
distinta significación y valor espresivo. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION ! 


57 


Las caraeterístioas oommies ya han sido enun- 
ciadas en cuanto ellas dependían del sentimiento 
político dominante; y completaremos después su 
cuadro en cuanto a los rasgos literarios, al formu* 
lar la crítica jeneral de la poesía de Mayo. 

Ahora vamos a definir esas tres figuras por sus 
modalidades peculiarmente distintivas, eligiendo a 
este fin pájinas de cada uno de ellos en que mas 
típicamente se manifieste el espíritu de los res- 
pectivos autores. 

Poeta de Mayo por la convicción y la prédica, 
fray Cayetano Rodríguez no tuvo para serlo en la 
medida que su patriótico empeño reclamaba, él 
aliento robusto que exijía la hora histórica; alien- 
to heroico que en vano quiso desplegar dando ecos 
a Chacabuco en una oda casi puramente formal, 
y estímulos al ardimiento libertador en himnos y 
canciones que ya hemos calificado. 

Pero cierta pulcritud en la forma, o quizá mejor, 
cierto espíritu de pulcritud que flota, por así de- 
cirlo, sobre las incorrecciones y torpezas del verei- 
ficador, una aguzada intención literaria a cambio 
de la poco acentuada sensibilidad poética, lo se- 
paran en algunas de sus composiciones de los lí- 
ricos en bruto a la manera de Rojas y de la vul- 
garidad popular de Vera y Pintado, sin que por 
eso deje de acusará en .su sátira aquel sabor por 
demás sustancioso para ser medianamente distin- 
guido, que condimentó característicamente la sá- 
tira española del siglo XVIII. 



58 AKTURO GIMÉNEZ PASTOR 

Merced a este rasgo en que conciertan idiosin," 
crasia y esenela, puto fray Cayetano llevar a los 
versos de la Revolución, en su famoso “Sueño de 
Eulalia contado a Plora”, un dejo de picardía 
popular, un cierto olorcito a vulgo patriota que 
sería inútil buscar en la encorbatada magnilocuen- 
cia o en la vulgaridad patriotesca que constituyen 
como fases típicas de conjunto la espresion litera- 
ria de Mayo, revelándonos una faz, por decirlo así, 
familiar, doméstica, del movimiento histórico. 

Esa composición nos hace saber que en la 
sociedad del tiempo el bello sexo anti-patrio- 
ta actuaba vivamente con la lengua en activísima 
campaña de conversación crítica y satírica contra 
lo que entonces se llamaba “el sistema”, el sistema 
de patria, junta y congreso. 

Fray Cayetano, que a fuer de fraile conocía el 
elemento femenino y podía tomarse con él ciertas 
libertades de autoridad sacerdotal con derecho de 
amonestación y penitencia, acudió a contener este 
peligro componiendo su sátira patriótico-político* 
social “El sueño de Eulalia contado a Flora”. 

Eulalia describe a su amiga Flora “un pavo- 
roso sueño que ha tenido”: en el deslizarse de 
plácido descanso, se encontró de pronto ante Júpi- 
ter, que la aterra con su airado ceño y terrible 
mirar. A un grito del dios sur je Pluton, quien 
formula en estos términos acusación contra la jo- 


ven: 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 59 

He aquí, dijo Plutón, ¡oh padre augusto 

De los dioses! la sabia 

(Y se precia de tal) que tieue el gusto 

De desplegar su labia 

En público atentando y en secreto 

Contra tu liberal, justo decreto. 

Tú desde el alto cielo. 

Tus ojos inclinaste compasivo 
Al vespuciano suelo. 

Sensible a su clamor doliente y vivo. 

Dijiste en tono grave e imponente 
¡Libres, hijos del sol, eternamente! 


El astro luminoso 

Que con sus luces baña aqueste suelo, 
Ve derramado el gozo 
Sobre su hermosa faz. Un nuevo cielo 
Cubre sus habitantes, y a porfía 
Himnos te cantan, Jove, noche y día. 


Sólo en el sexo bello.... ¡quién creyera! 

Hay sierpes peligrosas 

En que encalla la suerte lisonjera; 

Hay jenios escabrosos, 

Hay corazones que resisten vanos 

El bien que has dispensado a los humanos. 


Hay astutas Pandoras 

Que pérfidas derraman el veneno, 



60 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Y a la Patria traidoras 
Infestan con su aliento el propio seno. 
Casliga loh Jovel vibra un rayo activo 
Que las hiera de muerte en lo más vivo. 


Así di’O Pluton. No sé, mi Flora, 
Si Júpiter airado 

El rayo disparó, ni puedo ahora 
Contar lo que ha pasado; ' 

Apenas sé, (ni sé si es cosa cierta). 
Que caí desmayada y casi muerta. 


En este parasismo 

Quedó despierto el interior sentido : 

¡Ay, mi amiga! En qué abismo 
De confusión y horrores sumergido 
Sentí mi corazón. i Qué especies, Flora, 
Ocurrieron al alma en aquella hora I 


Guantas (¡con qué placer!) conversaciones. 
Tuvimos, Flora, mía, 

En que con mil y mil, y más razones 
(De nuestra fantasía) 

Burlamos el sistema. 

Dándole el nombre de locma y tema. 


¡Cuantas burlas y apodos, 

Poseídas del furor más insolente, 
Hicimos por mil modos. 

Más de ima vez, a la patricia gente 
Llamándolos criollos, carniceros, 
Indecentes, canallas, cuchilleros ! 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION > 


61 


Pintón propone que se la sepulte en el Leteo, 
pero Jove dice que tan horrendo delito como ee el 
de ser enemiga de la Patria no debe sepultarse 
en el olvido ni ser aniquilado con la culpable por 
el rayo olímpico; que en homenaje a Mayo y al 
sexo de la delincuente, le aplicará penitencia que 
deje Ocasión para el remordimiento; y la condena 
a ser entregada a la plebe de los muchachos. 

I A los muchachos ! — repitió imperioso — 

Se entregue luego, luego : 

Ellos pondrán al claro sin rebozo, 

El desenfreno ciego 

Con que insulto- a &u patria. Cruel, ingrata, 

A burlas muera quien a burlas mata. 


Habló imperioso Jove, y al instante 
Una chusma atrevida 
De muchachos se puso por delante : 
Quedé despavorida. 

Pues después de una lluvia que da el cielo 
No tantas sabandijas brota el suelo. 


Asi fué, Flora. ¿Quiénes más bribones? 
Me prenden, me rodean. 

Me dan mil indiscretos empujones. 

Me urgan, me manosean... 



63 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


lOh vergüenza, oh pudor, oh mi decoro!... 
La tragedia fué un sueño y aun la iloro. 


En un papel de estraza despreciable. 
Para hacer mi pudor mas espectable. 
Mi agravio mas sensible, 

Escribieron un rótulo indecente 
Que luego lo fijaron en mi frente. 


Decía: «¡Alerta, alerta! 

¡Bomba! Aquí va la gran crioUaza 
En europea injerta. 

Que reniega impaciente de su raza, 

Y que quiere antes ser sucia gallega 
Que criolla con honor, , casa y talega». 


Luego pusieron en mi diestra mano 
Una caña nudosa 

Con un cuerno en la punta liso y llano 
¡ Divisa vergonzosa ! 

Sufrí el insulto, vi la picardía... 

Sabes (jue no soy tonta, amiga mía. 


I/a trav^ura de los mucliaelios ealmiiia con nn 
rasgo de salado atrevimiento, que realiza alguno 
a quien, según el texto, conocen las dos amigas ; 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


63 


Se llegó a mí este vil, pillo, indecente, 
Cuanto mas angustiada, 

Y a la vista (joh pudor!) de tanta jente. 
Cual si no hiciera nada. 

Me alzó por la trasera la camisa. 

Me hizo tres muecas y soltó la risa. 


Contempla mi figura, 

Amada Flora mía ; con un lema 

De espresion la mas dura 

Que adversa me publica al gran sistema. 

Una caña y un cuerno por divisa, 

jY por detrás alzada la camisa! 


En cada esquina.,. i crueles! 

Hacen alto, y allí mas y mas jentes, 

Y a la decencia infieles. 

Mil cantares y apodos insolentes 
Me echan en rostro como está de moda : 
I Gallega; loca; saracena; goda! 


Al fin llegué con todos... ¡Qué cansada! 

A la erguida columna 

De todos los patriotas celebrada ; 

Allí otra vez, a una, gritan; Muera, 

Muera la sarracena, 

0 eche un «¡Viva la patria!» aunque no quiera. 



64 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


iQué tortura, qué angustia y compromiso! 

Verse el pecho obligado 

A brotar espresiones que no quiso 

Ni aun haber escuchado I 

Me resistí por tanto en tono fiero 

Y a voz en cuello respondí: «¡no quiero!». 


,No bien así entonada 
Reproché la propuesta majadera, 

Cuando una gran palmada 
Me asentaron de lleno en la trasera. 

Y fué tan recio el golpe, que al llevarlo 
Grité: ¡que viva! sin querer gritarlo. 


¡Feliz palmada, amiga, santo grito! 

A ruido tan injente 

Debió mi escena ver su finiquito. 

Desperté de repente, 

.Me vi sola, sin luz, y en el empeño 
' De juzgar realidad lo que era sueño. 


¡Ay de mí! solté el llanto 
Opreso el corazón, yerto el sentido 
¡Oh! cuánto cuesta, cuánto. 

Un empeño tenaz imal dirijido! 

Estoy tal, que rebusco atoda prisa 
Y no encuentro el faldón de la camisa. 



LOS poetas de la révolucion 


6o 


Quiero apartar de mí, pero no puedo, 
Esta funesta idea ; 

Sobrecojida estoy de susto y miedo. 

Muy bien que sueño .sea; 

Pero Eulalia, tu amiga hasta las aras. 
No se mete en camisa de once varas. 


Dejémonos de cuentos ; 

Hay jóvenes resueltos al castigo; 

Hay Plutones a cientos, 

Cada cual el que mas nuestro enemigo, 
Cañas a miles, cuernos en subasta 
Y hay ¡nuchadios hasta decir basta. 


Y pues sueño tan raro y tan estremo 
Puede ser un anuncio. 

Que nos sirva a las dos de desengaño. 
¿No te place? Renuncio 
Mi modo de pensar; quédate sola; 
Como yo pase bien, corra la bola. 


En' su p'uerilidad satírica y en su poco diestra 
versificación, que le dan cierto carácter escolar, 
esta composición encierra un sentido de intencio- 
nada travesura frailesca no exenta de algo como 
instintiva distinción literaria, que la vulgaridad 
familiar del lenguaje contraria sin negarla del to- 
do; y el fondo de realidad que se hace sentir en 
la sátira, tanto por lo que respecta al hecho de la 



66 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


campaña crítica ejercitada por las Eulalias y Flo- 
ras contra el “sistema” patriota, como en cuanto 
a las características del espíritu antagónico, tal 
cual se les oponía en el cuadro de la sociab-ilidad 
de aquellos días, hacen interesante y amena esa 
composición, atribuyéndole valores que no tienen 
las otras en que, con mas ambicioso y grave sentir, 
cantó fray Cayetano las glorias de la causa. 


III 


Esteban de Lúea ofrece al estudio cierto parti- 
cular interés, determinado por las características 
espirituales que su literatura revela y que le asig- 
nan una significación y un puesto propio en el 
conjunto de los que manifestarim en verso el pen- 
samiento y los anhelos de la Revolución. 

¡Persona de carácter tranquilo y sociable, hom- 
bre de estrado, modesto, buen estudiante de huma- 
nidades, poeta, músico, “filósofo amigo de la paz 
y de las artes útiles”, — como dice su biógrafo, — 
Esteban de Lúea ae sintió convocado por el grito 
de Mayo a una acción m'enos apacible que la que 
parecían prepararle esas condiciones de su perso- 
nalidad, tan propicias a la feliz medianía. Lleno 
de profunda fe y arraigada convicción, consagróse 
a la causa revolucionaria, y para servirla requirió, 
con el uniforme de combatiente, la lira de Tirteo. 



LOS POETAS DB LA REVOLUCION 67 

Pespo mas que sones heroicos, su mano arrancó 
de las cuerdas de hierro nobles ecos de propaganda 
patriótica. Las naturales inclinaciones y la es* 
cuela de su espíritu lo llevaban a inculcar con 
alta voz cívica, mas que a arrebatar con fuego de 
entusiasmo guerrero. 

En todo caso, su cuerda pudo ser la del poeta 
civil de la indeipendencia, — no fuera por cier- 
to humilde título. Recuerda, efectivamente, en 
cierto modo a Parini, — el poeta civil del Rinnova- 
mento poético italiano, — ^por su tendencia de mora- 
lista político y el tono de prédica majistral que aso- 
ma con frecuencia característica en sus composi- 
ciones : en la dogmiática apertura del canto a la li- 
bertad de Lima: 


«Nos es dado a los tiranos 
eterno hacer su tenebroso imperio» 


«Llega por fin el día que hasta el polvo 

su soberbia humillada 

será de las naciones execrada». 


Y sobre todo en su obra mas personal, — “Al 
pueblo de Buenos Aires”, — adonde aquella tenden~ 
cia se despliega mas abiertamente en máximas de 
concepto político-social : 


«Cual funesto contagio 

Que en la mísera zona en cpie domina 

En veneno convierte 



68 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


El aire puro y agua cristalina, 

Cebándose la muerte 

Bajo el influjo de maligna estrella 

En el niño, el anciano y la doncella. 

Tal siempre los placeres 

Por el lujo abortados destruyeron 

A pueblos numerosos 

En virtud y poder antes famosos». 


Estos rasgos acusan dentro de la inclinación do- 
minante el temperamento natural del poeta, mas 
que nada ciudadano y filósofo, arrastrado por su 
buena voluntad patriótica al escollo de la cumbre 
heroica, que no alcanzó ciertamente con sus “Mar- 
chas”, destinadas a inflamar el ardor popular, ni 
tampoco con sus ecos a la victoria de Chacabuco, 
donde el gastado material clásico, las perífrasis, el 
énfasis épico-mitolójico, suplen con elementos es- 
teriores, con recursos de escuela, el vuelo ínclito 
y la grandeza homérica que el cantor, sintiéndolos 
quizá vivamente en su alma cívica, no podía tras- 
mitir a sus versos. 

No sería justo, sin embargo, imputarle la res- 
ponsabilidad absoluta de esa espresion fundamen- 
talmente oratoria, sin franco calor de vida, que 
hace de su obra una declamación con hallazgos de 
elocuencia cuando a su mejor altura llega; eso era 
la poesía para el arte clasicista en cuyos dogmas 
se modeló el espíritu de los poetas de la Revolu- 
ción: fórmulas de espresion retórica consagradas 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


69 


como arqueti<p<w de nobleza y dignidad del len- 
guaje poético. De ahí esa uniformidad que hace 
hablar a todos los poetas de la época, aquí y en 
España, con la misma entonación, con el mismo 
acento, con las mismas figuras, iguales siempre a 
sí mismos y a los demás. 

Ni aun al jenio le era dado hacer resonar, su ale 
tazo dentro de ese hierátieo mundo de las formas 
definitivas, pues para desplegarse en su soberana 
libertad creadora era condición inevitable que 
rompiera las ríjidas vallas del arte consagrado; 
sólo la acentuada personalidad del talento capaz 
de concertar la amplitud armoniosa del vuelo con 
la cautividad llevándose a lo alto la jaula, podía 
destacarse del disciplinado coro por vi0id de es- 
celencia superior. 

No era la característica de de Lúea esa fuerza 
de personalidad que imprime el sello propio en la 
obra rejida por la escuela; seguía el compás y ha- 
blaba el lenguaje convenidos; pero lo hizo con in- 
telijencia y arte no triviales y muchas veces con 
esa elocuente dignidad que da con la amplitud su- 
jestiones de grandeza en el decir. 

Tal sucede en el canto “A la libertad de Lima”, 
donde la ampulosidad solemne no escluye una je- 
neral nobleza de tono y espresion, y donde, sin 
ser el iluminado que vaticina “ con la mano de 
trueno y rayos llena”, como diría con valiente 
acento su contemporáneo Vicente López, deja sen- 
tir alguna vez en su sereno espíritu el tumulto re- 
velador de la vocación. 



70 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Ya no podréis jamás, crueles tiranos, 
tanta dicha estorbar, que el cielo envía 
a la angustiada tierra; 
ni la superstición, ni el fiero orgullo, 
que en vuestros i>echos de crueldad se encierra, 
renovaran mies" ros pasados males. 

I Feliz posteridad! De vuestros bienes 
hoy nos da la razón claras señales; 

|Mi mente, al contemplarlos, cuál se agita 
¡en un furor divino! 

Yo veo del alcázar del destino 

súbito abrirse las ferradas puertas, 

y allí en letras de fuego escrita leo 

vuestra dicha futura: 

no, no es grata ilusión, vano deseo; 

que fiel me lo asegura 

la sffljrada Opinión que al Nuevo Mundo, 

al OTbe, a todos clama: 

Libertad, libertad, fuera tiranos, 
que toda Tisclavitud al hombre infama. 

I Epoca memorable ! Ya los pueblos 
que tan altos acentos hoy escuchan, 
como las olas de la mar se ajitan, 
el carro de la guerra precipitan 
.contra el cruel despotismo, y fieros luchan. 


El final del canto alcanza también dignidad poé- 
tica de concepto y suficiente elocuencia de espre- 
sion. 


Tu prole venturosa 

Subirá a la alta cima 

De los nevados Andes; allí el jenio 

Inflamará su audacia basta que imprima 

ligante humana forma y asombrosa 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


71 


Al mayor de los montes; en la estatua 
De la divina libertad la tierra 
Lo verá convertido; 

Estatua (fue resista al gran torrente 
De los siglos, y triunfe del olvido ; 

Estatua colosal, nuevo portento. 

Que domine las tierras y los mares. 

Así los navegantes 

Que osados dejan los paternos lares. 

Así los fatigados caminantes 
Al ver de un horizonte más lejano 
Tan alto monumento, i 

Saludaran con alma reverente 
A la deidad, al numen soberano. 

Que por siempre será de jente en jente 
hivocado en el mundo americano. 

En ésta la composición de de Lúea que la difu- 
sión antolójiea ha consagrado a m^as persistente y 
jeneralizado recuerdo, y es, sin duda, su mejor can- 
to en el jénero lírico-heroico . Pero define mejor esa 
característica personal del poeta la que antes que- 
dó indicada: su silva “Al pueblo de Buenos Aires 
En ella el “Paraná sagrado” os quien habla a la 
joven jeneracion de Mayo, exhortándolo así con el 
espíritu que inspiró las “Geórgicas”: 


I Hijos de la victoria I i Prole hermosa! 

Se verá en vuestro suelo un nuevo imperio 
Muy mas durable, de mayor grandeza. 

Que el de Tiro y Cartago, 

Si el lujo abandonáis, 4iue fatal mengua 
Y perdición y estrago 
Fué de grandes ciudades. 



72 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Haciendo que su ruina 

Paso en terrible ejemplo a las edades. . . 


jOh fuertes arj entinos! 

Tanto mal evitad, abandonando 
La ciudad populosa, do mil plagas 
Se están en vuestro daño preparando, 


No veréis en los campos la grandeza, 

Y el brillo del ocioso cortesano. 

Que por los atrios y las anchas plazas 
Corre agitado de un furor insano: 

No veréis las carrozas de oro y plata 
Con esquisito gusto guarnecidas, 

Y en ellas ostentando gentileza 

La beldad, el orgullo y la pereza; 


Pero en cambio os espera. 

Libres de odio y rencor, en cada día 
Una escena más grata y majestuosa. 
Cuando dejando el perezoso lecho. 
Tranquilos observéis la paz hermosa 
Del sol, que se alza ya por el oriente; 
Cuando oigáis de las aves la armom'a 
' Con que al astro naciente 
Saludan con mil trinos a porfía. 

Cuando aspiréis gozosos 
El aura matinal llena de vida, 

Y la yerba mullida 

Una alfombra os presente de esmeralda 
Con las perlas del al Da enriquecida. 


Aquí seguimos ya “la escondida senda” de 
fray Luis de León. Virjilio se completa con Ho- 
racio. Pero la imitación es noble y acertada, y una 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 73 

vez cumplido este su ejercicio clásico, vuelve de Lú- 
ea a encontrarse a sí mismo con esa típica caracteri- 
zación espiritual que vamos estudiando. 


Los frutos abundantes, 

Que os brindaran terrenos dilatados, 

Serán luego cambiados 

Por la industria de pueblos comerciantes. 

El honrado alemíui, el culto galo. 

El britano, señor hoy de los mares. 

Mayor actividad y movimiento 
Daran a los telares 
De que pende el sustento 
De la Europa afiijida, 

Tras la guerra espantosa, 

Por la plaga de fiebre contajiosa 
Y en tumba de sus hijos convertida. 

Así la humanidad de gozo llena 
Logrará ver, después de siglos tantos 
De muertes y de llantos. 

La grande y nueva escena 

De mil pueblos distantes 

Por el piélago inmenso divididos. 

Trabajando constantes 

Para su mutuo bien; verá el portento. 

Sin que baste a impedirlo el mar profundo. 

De un mundo unido en paz a un otro mundo... 


En los remotos climas 
Del septentrión recorrerá la fama 
de todos vuestros bienes no gozaxios ; 
y los míseros pueblos que las aguas 
beben del Volga o del Danubio helados, 
se arrojarán al mar buscando asilo 
en vuestro patrio suelo 
donde, benigno el cielo, 
la abundancia vertió con larga mano, 



74 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Y esta visión del futuro concurso de loe pueblos 
que vienen a sentarse en multitud al hogar arjen- 
^ tino, reaparece siempre en la poesía de de Lúea : 

S4, <iue el día ha llegado 

en que el antiguo déspota humillado 

en su rabia inhumana, 

los hombres todos de diversos climas 

den aumento a la jente americana. 

De Lúea aparece así como el visionario dél des- 
tino concreto de la nueva nación, revelador certero 
del rumbo y de la meta a que el desenvolvimien- 
to político económico de su soberanía iba á con- 
ducirla, andando los años. 

Las multitudes “del Volga y del Danubio hela- 
dos”, “los hombres todos de diversos climas” han 
venido y vienen siempre y vendrán “a dar aumen- 
to a la jente americana”, reproduciendo el cuadro 
de las grandes emigraciones que antiguamente lle- 
varon con el éxodo de los pueblos y de las razas la 
histqria y la vida a sitios lejanos de aquel en 
que se meció su cuna. Un nuevo mundo, en que 
viene a renovarse la humanidad abre mas allá de 
su pórtico, por donde pasan cantando las nacio- 
nes, horizontes infinitos de esperanza, de libertad, 
de bienestar; y el himno del progreso alza su cla- 
mor bajo el sol jeneroso de Mayo, en toda la osten- 
sión del “patrio suelo — donde benigno el cielo — la 
abundancia vertió con larga mano”. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


75 


IV 


Hemos vi«to surjir a Vicente López j Planes an- 
te la invasión inglesa, cantando con robusto espí- 
ritu, si no con alado numen, “El triunfo arjenti- 
no”; cantó luego, con menos fortuna, el éxito de 
Balcarce en Suipacha y la gloria de Maipo en una 
oda ofrendada a la patria por “los oficíales de la 
secretaría del sdberano congreso ” ; y con mas amplia 
entonación lírica en un canto publicado, como la 
anterior, en 1818 . 

Uno y otra destacan aquí y allá esos relieves en 
que fulgura con vigor ^ toque peculiar del poeta, 
menos cumplido en cuanto a unidad y esmero de 
composición que de Lúea, pero superior a éste 
por esas afirmaciones de personalidad que hacen 
sentir la garra de león entre las piezas mas o me- 
nos huecas de la combinación oratoria, con las cua- 
les suele rematar de cualquier modo el arranque 
poético. 

Ejemplo de una y otra cosa son las siguientes 
estrofas de la oda “de los oficiales” a la patria: 

Solitaria en la lucha 

Cual si no hubiera jiueblos jenerosos, 

Nadie en el mundo tu clamor escucha. 

Todos te dejan sola 

En brazos de la cólera española. 



76 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Audaz sobre la arena, 

Vertiendo sangre y en sudor bañada, 

Con la mano de tarueno y rayos llena 
Luchas con tus rivales 

Y venciendo enriqueces tus anales. 

No menos feliz como trazo y enerjía y mas ro- 
tundamente concluida es esta otra en que gravita 
la pujanza victoriosa de San Martin: 

A la hidra que vomita , 

Por millares de bocas cruda muorle 
El hércules campeón se precipita. 

Su gran maza levanta, 

Y la tiende mortal bajo su planta. 

La silva “A la batalla de Maipo” es, desde 
luego, superior a la oda; la tensión oratoria es 
mas regular y sostiene en digno nivel el tono he- 
roico. 

Se abre con un elocuente recuerdo del nocturno 
desastre de Cancha Rayada ante la inminencia del 
combate decisivo. 

Aquella ingrata noche había pasado. 

Aquella noche qUe a la patria un grito 
De dolor arrancara. ' 

El enemigo osado. 

De la victoria el hijo favorito 
Se cree con arrogancia: su alma avara 
Las riquezas y el triunfo devorando. 

Apura, impele, incita sus lejiones: 

Maipo, ya al oprimirlo sus pendones, 
iVenffanmh corre al mar del Sud gritando. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


77 


Tras un apóstrofo a España, muy digno como 
concepto ya que no como redacción, sé define el 
poeta en estos buenos “golpes de pulgar”: 

Retira a esos verdugos... ¡Ay, ^e es tarde! 

Rompe el cañón; impávida se arroja 
Kucstra hueste a los llanos. 

Toda retumba y arde 

La dilatada atmósfera. Ya roja 

La tierra está doquier. ¡Probad, tiranos, 

La pujanza de aquellos que defienden 
Su patria y libertad 


¡El bronco trueno al trueno, el rayo al rayo, 

El acero, al acero cuál responden! 

Cualquier sospecharía 

Que aUí Cid o Pelayo 

Aquí Washington o Nassau se esconden, 

Y las falanges rigen este día. 

La patria encima de los albos Andes 
Se alza y los campos de la lid descubre: 

Su beUo rostro con la mano encxibre... 

Son ¡ay! los riesgos de sus hijos, grandes. 

La última estrofa de este cantjo es escelente ejem- 
plo sintético ée la poesía de López ; en ella un brio- 
so y feliz rasgo final cierra con toque redentor el 
desmedrado conjunto métrico: 

¡Empíreo gozo a los ilustres manes 
De aquellos que el aliento jenerosos 
Por la patria rindieron! 

¡ Gloria al que sus afanes 
Consagró a la nación; cuyos gravosos 



78 


ARTURO GIMéNEZ PASTOR 


Días, después el júbilo se hicieroa 

Y la delicia nacional I |En lumbre 
B’tcrna l»rille el nombre americano; 

Y arrojando al Icón tras el océano, 

Ponga América el pie sobre la cumbre I 

Pero, tratándose del poeta del himno nacional, 
todo esto tiene un interés muy secundario, ya que 
con la canción patria hizo su gloria total y la obra 
cscluyente de toda otra. Lo demás de su produc- 
ción ni aumen/ta ni rebaja esa gloria del que acier- 
ta a dar a un pueblo su canto de entusiasmo, fla- 
meante a serena luz de sol victorioso en heroicos 
recuerdos y triunfales visiones; el que ha de con- 
mover por siempre las almas con estremecimiento 
inconfudible ; voz sagrada de la emoción unáni- 
me. 

López acertó a dar al pueblo arjentino esta cs- 
presion altamente simbólica y hondamente emotiva 
del sentimiento de la libertad y de la nacionalidad, 
culminación decisiva de la poesía de la Indepen- 
dencia, verbo majestuoso y vibrante con hervor de 
elocuencia que bulle en el molde donde las otras 
inspiraciones de la musa de Mayo cuajaban en frío. 

Todo lo demás que ella produjo tes, en efecto, 
composición, mas o menos dignamente realizada, 
mas o menos elocuente en sus espresiones, mas o 
menos estimable como literatura; en el Himno, la 
literatura, el sistemático empeño artístico fué, por 
fin, avasallado por una ráfaga de inspiración que 
da al canto una espresion superior al canto mis- 
mo, a sus espresiones concretas. 



LOS POETAS Í>E LA REVOLUCION 


79 


Pero no es necesario refujiarse en este concepto 
para eludir el juicio crítico de la obra literaria en 
sí. El vei^ agrupa un conjunto de valores muy 
desiguales, de inferiorísima condición no pocos; 
hay allí malos versos y pobres versos; estrofas en 
que se afloja la tensión lírica y aparece la voz es- 
forzándose por suplirla mediante remontado len- 
guaje ; pero en el total de la composición un grupo 
de estrofas desarrolla en sus elementos fundamen- 
tales de concepto y espresion la solemne proclama 
de la “nueva, gloriosa nación”, con amplitud de 
movimiento y_ de tono en que conciertan altura y 
nobleza poéticas. 

El primer verso es ya un verso falso en su valor 
rítmico, pero es un bello verso por su movimiento 
y la espaciosa resonancia de convocatoria en que 
se difunde: ¡Oid, mortales, el grito sagrado! 

La voz épica lanza al mundo la proclamación de 
la libertad; surje ante la mirada universal una 
nueva patria en sereno esplendor de juventud vic- 
toriosa, mientras la le j ion heroica de los guerreros 
emprende la marcha haciendo retemblar el camino 
de las batallas con la afirmación triunfadora de 
sus pasos, a cuyo eco se estremecen los huesos de 
los incas allá en el corazón mismo del imperio ibé- 
rico, bajo el trono asentado por la conquista donde 
reinara la estirpe jenuina de los hijos del Sol. 

“Después de esto el movimiento lírico apresura 
su ritmo trazando el cuadro retrospectivo del opre- 
sor abatiéndose aquí y allá sobre los primeros fo- 
cos revolucionarios, víctimas del brutal rigor que 
ahogó en sangre las chispas anunciadoras de Ma- 



80 


ARTÜRO GIMÉNEZ PAStOR 


yo'’, y tras una ennmera'cioin que evoca en serie 
de inscripciones las victorias conquistadas en lap 
patrias tierras platenses y en la primitiva ruta me- 
diterránea de la libertad, vuelve el canto a difun- 
dirse solemne para presentar a la salutación del 
mundo el joven grupo de los pueblos del Plata 
ocupando libres el trono de su soberanía. 

La concepción tiene noble belleza, el tono j eneral 
es levantado y amplio, el lenguaje se yergue o 
amplía en no escasos períodos de elocuencia 
poética viril y jenerosa; lo augusto del momento 
histórico y la solemne y firme espectativa del fu- 
turo se hacen sentir allí. 

Con todo lo que afea este canto como composi- 
ción, él es, pues, todavía, no sólo como espresion 
histórica sino como espresion estética, muy digno 
de su destino; es, 'por sí, sin necesidad de adapta- 
ción del sentimiento nacional impuesta por reve- 
rencia patriótica a la consagraciun tradicional y 
oficial, el himno arjentino. Así, como “Unica can- 
ción de las Provincias Unidas”, la consagró la 
asapablea de 1813, promotora del empeño del poe- 
ta, y como tal la adoptó para siempre el pueblo. 
El fuego sagrado de Mayo había inflamado por 
primera vez con llama viva el numen patrio, ins- 
pirándole la fórmula definitiva de la gloria nacio- 
nal proclamada por eiquella ■voz de los corazones 
puestos de pie que con grande majestad convocan 
al mundo para escuchar las solemnes palabras 
anunciadoras : 

1 Oid mortales el grito sagrado ! 

¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 81 

Una triple aclamaeion que hace resonar grave 
clarinada de silencio en los seculares bronces de las 
trompetas épicas, alto eco de la vibrante voz de 
Aquiles, a que responde la salutación estentórea 
de la gran asamblea de los libres del mundo can- 
tando: 

¡Al gran pueblo arjentino, salud! 

El aliento de la libertad había encontrado su 
vibración lírica, su verbo poético, su poesía, en 
fín (1). 


El autor ha tratado con amplitud este tema en su 
estudio : «El himno nacional» (1915) . 




LO CLASICO Y LO JENÜINO EN LA 

LITERATURA DE LA INDEPENDENCIA 




I 


La poesía patria rj desenvolvió sin tiempo ^ara 
imprimir el sello de una fórmula propia, nacio- 
nal también, a esos cantos de la libertad arjentina 
qne fueroai jenninamente españoles: por el modo 
de sentir y espresar la poesía; por la escuela y la 
forma; por el sello de dominio mental que en ellos 
quedó impreso. 

La escuela de la colonia hacía sus ejercicios de 
retórica y poética presidida por la rígida presen- 
cia de Aristóteles; se pensaba y se componía se- 
gún Horacio; se admiraba con él criterio y con 
el gusto de la metrópoli; es decir: con el criterio 
y el gusto de la decadencia , literaria del siglo 
XVIII español, la época del renunciamiento a la 
originalidad libre del siglo de oro ante las aras del 
'clasicismo francés, sobre el cual forjó España una 
preceptiva, un gusto y un espíritu literario que 
dieron a la colonia su fórmula poética inviolable, 
su molde hecho y cerrado. 

Y la Revolución no sólo no rompió la férula al 
romper el cetro, sino que adoptó con entusiasmo y 
rijidez autoritaria la doctrina, proclamada después 
ley de la concepción y del juicio por Rojas en el 
programa de la “Sociedad del buen gusto en el 



86 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


teatro”, que todavía en 1817 ealifieaba de absur- 
dos góticos las producciones de Calderón, Montal- 
ván y Lope, y recomendaba como únicos modelos 
dignos de imitarse las tragedias de Racine y las 
comedias de Moratín, Pirón y Moliere. 

Por lo demás, el clasicismo, con sus sujeetiones 
y evocaciones del espíritu y la historia de la Roma 
republicana y con su grandilocuencia oratoria, 
respondía bien a las necesidades inmediatas de la 
tribuna revolucionaria ; lo había probado la revo- 
lución francesa, y en la nuestra representaba, qui- 
zás, por el predominio del modelo entonces es- 
tranjeix), una singular forma de hostilidad al es- 
píritu genuino español. Y así siguieron cantando 
sus inspiraciones en aquel lenguaje aprendido los 
poetas de toda una escuela que había de tener su 
última y más completa y eminente personiñeacion 
literaria en Juan Cruz Varela, el clásico por esce- 
lencia, escultor de la forma, artista de la oda, am- 
plio en el vuelo dentro del compás inmutable, rico 
en las frías alegorías mitológicas y en los amanera- 
mientos y ed énfasis sentimental en boga cuando 
canta a Delia o a Laura, diosas sin sangre del altar 
pagano; impregnado de Virjüio hasta el renuncia- 
miento de toda orijinalidad espontánea, pero dura- 
dero por la escelencia de ese arte de hacer clasicis- 
mo, que vino con él a ser el arte superior conocido 
por la jeneracion de Mayo. 

Juan Cruz Varela ocupa histórica y literaria- 
mente una situación singular en el cuadro de nues- 
tros poetas. 

Sus cantos a los triunfos de las armas patriotas 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


87 


y de la idea libertadora en las jornadas de la 
epopeya, fundiendo su voz en el clamor lírico de 
los diez primeros años, lo asocian al grupo inicial 
que surjió del pronunciamiento de Mayo. 

Dos cantos a la victoria de Maipo ; uno a la 
libertad de Lima; un apostrofe elegiaco en la 
muerte de Belgrano y alguna canción celebrando 
el aniversario patrio, lo identifican con el espíritu 
y la actividad de los primeros poetas : la voz de su 
juventud, que encontró en capullo de adolescencia 
el pronunciamiento del Cabildo. El despotismo en- 
jendrado por la anarquía arranca, ya en el cre- 
púsculo de triste madurez, unos pocos ecos de tris- 
teza a su lira en el refujio estranjero a donde vé 
llegar perseguida por sombras de tiranía y odio 
aquella juventud en quien saludara otrora “hijos 
felices de infelices padres” y a quien su ilusión 
patriótica cantó diciendo: 

Nueva era 

En tí comienza ahora, 

Y la ,alma libertad, desde sus aras. 

Se engríe vencedora 
En el gran porvenir que le preparas. 

Pero el mediodía de su vida iiTadió en las gran- 
des horas de la era rivadaviana, y su significación 
mas definida es la de poeta de aquella breve pero 
espléndida época que el jenio precursor del gran 
estadista unitario llenó de nobl^ claridades hacién- 
dola vibrar con gloriosa fuerza de intelijencia y de 
progreso. 



88 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Juan Cruz Varela es la personificación literaria, 
así como fué el adalid en la prensa, de este espí- 
ditu de alta acción civil y de esta grande y prema- 
tura obra de organización podítiea. Su misma es- 
cuela poética, en que el orden, la dignidad, la cum- 
plida conveniencia del pensar y el decir, la noble 
actitud, son objeto de un esmero que se traduce 
en eminente perfección, trasuntan el sello patricio 
que Rivadavia y su partido imprimieron a aquella 
política y a aquella sociabilidad de que el pri- 
mer presidente quedó como espresion histórica. 

El espíritu de ese patriciado vibra con interpre- 
tación escelente en la obra característica de Vare- 
la, en quien la idea civil alentó siempre como con- 
cepto fundamental, y que encontró su horizonte 
propio de espansion cuando Le fué dado cantar 
“En honor de Buenos Aires” 

Era la noche ; y la ciudad, amada 
Por el Dios de los libres. 

Tranquila en brazos de la Paz dormía, 

En profundo silencio sepultada. 

La mole de sus torres parecía 
Antiguo monumento. 

Allá en remoto siglo levantado. 

Para grandioso y digno enseñamiento. 


Donde la ley se dicta en tono digno, 
Sin que lo estorbe prepotente brazo, 

Ni se oiga del poder ultraje indigno. 
Con tal triunfo engreído el ciudadano. 
Obedece gustoso 

Ijas leyes que le mandan ser dichoso 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


89 


“A la juventud arj entina” cuando “los cami- 
nos de la gloria aprende”: 

Y cuando ya no rueda estrepitoso 
Del belíjero Dios el carro horrendo 
Minerva de su templo luminoso 

Las puertas de oro abriendo, 

A sus altares, juventud, te llama, 

Y sobre tí sus dádivas derrama. 

“A la grandeza de Buenos Aires”: 

La Hidráulica a las ciencias, a las artes, 

A la industria éocial, nuevos tesoros 
Próvida muestra, y a la patria mía 
Larga fortuna para siempre ofrece. 

Y por fin, a la libertad de la imprenta, cifra de 
toda libertad, y con ella de todos los progresos del 
espíritu bumano. 

Literariamente considerado, Juan Cruz Varela 
es aquel de nuestros poetas en quien la vocación, 
independiente de los estímulos circunstanciales que 
provocaron y rijieron con persistencia dominante 
la de casi todos sus contemporáneos, aunque no 
ajena a esas solicitaciones del momento, se acendra 
en arte, en cumplida disciplina de escuela, y se 
ejercita con perseverancia y escdencia de profe- 
sión. Nada en él de aquel tipo tan nuestro del can- 
tor improvisado que requiere la lira buscando y 
encontrando en ella por la sola virtud del agitado 
numen patriótico el secreto del musical decir, A 
Varela le han revelando ese secreto el lungo studio 



90 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


e ü grande amore que dieran al poeta florentino 
lo helio stüe che U a fatto onore; es el artista y el 
artíflce de un verso que la ciencia majistral ordena 
y mueve; toda la riqueza que la escuela da luce en 
sus composiciones; en cambio, su poesía ha debido 
recojer todo el legado de limitaciones, de concep- 
tos, jiros y rutinas consagradas que la escuela ha 
ido acumulando bajo el imperio de su autoridad 
académica. 

“Una aflcion invencible a la poesía me impulsó 
a escribir versos desde los primeros años de mi 
juventud; y hoy, que cuento treinta y siete, aun 
no puedo remstir a una inclinación semejante. 

A los diez y siete años de mi edad, me parecía 
que yo era poeta: a los treinta y siete, y después 
de un estudio constante de Virgilio, de Horacio y 
de las obras de los grandes inj enios que, en los 
siglos modernos, han sabido apreciar el tesoro que 
nos dejó la antigüedad, ni me engaño a mí mis- 
mo, ni sé si mis poesías hallaran un censor mas 
ríjido que yo”. 

Esa fresca, y en él muy relativa ignorancia de 
la florida edad, dió, sin embargo, el más jugoso 
fruto de poesía íntima con que cuente la lírica de 
Varela: aquel poema, “La Elvira”, en que, si bien 
Cupido y Venus trabajan demasiado e¡n cosas que 
la naturaleza hace muy bien sin ellos, la esponta- 
neidad cálida y natural del sentimiento erótico dan 
a muchas octavas una libre y encantadora facili- 
dad de espresion que el poeta de los 37 años, es- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


91 


tudioso constante de Virjilio y Horacio, no encon- 
trará ya. 

Era un ánjel del Cielo. |Ay DiosI |lo que era 
Aquella criatura ! La mañana / 

Mas pura y fresca de la Primavera 
Pintada vieras en su tez lozana. ‘ 


Así es que había mi beldad salido 
Con el blondo cabello destrenzado, 
Por la frente en dos partes dividido, 
Sin cuidado y con gracia abandonado. 
Un pañuelo finísimo, tendido 
Sobre el pecho turgente cual nevado. 
Orgulloso a momentos le mostraba, 

Y celoso a momentos le ocultaba. 


Sola conmigo la adorada mía 
En las calladas horas se encontraba 
De una pesada siesta; y era el día 
Que amor para su triunfo reservaba. 

Nada nueshro silencio interrumpía. 

Nadie nuestros suspiros escuchaba; 

Que hasta el sordo ruido de la gente 
Cesa en las horas 'del estío ardiente. 

|0h Dios! |Lo que es amar! ¡La mano bella 
De Elvira tomo, y la apreté temblando; 

Lloran mis ojos, y los fijo en ella, 
ella ya estaba, como yo, llorando. 

Abre sus labios, y sus labios sella 
Al pronunciar mi nombre sollozando: 

Y en ambos pechos nuevo fuego hervía, 

Y el corazón como jamás latía. 



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ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


|0h susto del ajnori | Eterno instante 
Del deliquio primero 1 ¡Infortunado 
Quien no te vio llegar! 


Toda su alma a su boca había salido 
,Cu^ si saliera por buscar la mía, 

Y to|da su alma, que en su labio erraba, 

Al beso, al primer beso convidaba!, 

Hasta que tanto fuego.., Pero ¿a dónde 
Ora mi mente acalora¡da vuela?... 

El romanticismo hubiera llegado oportuno para 
dar fecunda libertad a este espíritu de poeta “im- 
presionable, apasionado, entusiasta”, según su bió- 
grafo, D. Juan Ma. Gutiérrez; pero la cada vez 
mas intensa impregnación clásica le hubiera hecho 
una amable émulo de Meléndez Valdez en la gra- 
ciosa o ampulosa corte a Delias y Tisbes, a no de- 
cidir otra cosa las circunstancias. 

Desde mi edad temprana, 

Desde mis tiernos días, 

Con inesperta mano 
Pulsé la blanda lira, 

Y hablaba en verso débil 
De las pasiones mías. 

Tres lustros no contaba, 

Cuando la Musa amiga 
Mis vacilantes pasos 
Bondosa dirijía 
Por la escarpada senda 
De la sacra colina. 

» No quiero, dijo Apolo, 

» Que este muchacho un día, 

» Para cantar nonwep', 

» Su pluma en sangre tiña ; 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


93 


» Ni que, en pomposos metros, 

» Estragos y minas, 

» Y fuego, y duelo, y guerra. 

»Y mortandad describa. 

» Su corazón, cual cera, 

» Al amor se derrita, 

» Y cante solamente 
» Juegos, ternura y risas» . 

Asi en la edad incauta 
En que tierno palpita 
El pecho, y ni siquiera 
Soñamos la desdicha. 

En delicioso fuego 
Mi corazón ardía ; 

Y mis versos bañados 
En las lágrimas mías. 

Lágrimas que de gozo. 

No de dolor, corrían. 

Eran el solo libro 
En que Laura aprendía 
Lo que vale a quince años. 

Querer y ser querida. 

Las vocee de la guerra le llevaron precisamente 
a oantar el épico estrago de mortandad y ruina, 
y arrancaron de su lira el eco memorable que aso- 
ció para siempre el n^ombre del poeta a la gloria 
de Ituzaingó. 

La musa heroica dio, en efecto, al canto con que 
celebró ese triunfo resonancias que la obra muerta 
de los lugares comunes (la trompa de Mavorte, 
los rujidos del Averno y la eufonía del austro y 
los Triones llenan mucho vacío poético), no ha po- 
dido apagar, pródiga y enérgicamente redimidos 
por Ja nutrida fuerza del acento lírico y el viril 



94 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


aliento sostenido con victoriosa exaltación, que des- 
taca entre* sus ráfagas visiones de movimiento y 
brillo poético no igualadas como conjunto artísti- 
co por Lóp.ez. 

En tan terrible noche, de contino 
Alvear su recinto' recorría, 

Y ora dispone que escuadrón tremendo 
Siga a Lavalle en su feroz avance. 

Ora elige el lugar de donde lance 

El tronador cañón su globo ardiendo. 

Este es el pitio que el infante guarde. 

Aquélla el ala que primerO' parta, 

Aquí la muerte \ma falanje aguarde. 

Allá la muerte otra legión reparta. 

Diestro, sereno, activo, todo ordena 
Para el trance cercano, 

Y la enemiga fuerza de antemano 
Desbarata en su mente y desordena. 


El esperto jinete brasilero 
Oponerse pretende al horrorosio, 

Al repetido choque: allí el acero 
Corta, hiende, destroza, despedaza. 

Como torrente, el escuadrón furioso 
Por sobre miembros palpitantes pasa. 

Por sobre moribundos atropella. 

Atraviesa de sangre el ancho lago. 

Deja a su espalda el espantoso estrago, 

Y en sólida falanje al fin se estrella. 

La aguda bayoneta la defiende 

De aquel ímpetu ciego, 

Y el mortífero plomo se desprende 

De su prisión de fuego; 

Pero mas bravo el arjentino avanza 
Por el camino que le abrió la lanza, 

Y del fogoso bruto el ancho pecho. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


95 


Ciérrase luego: el escuadrón deshecho 
Vuelve, júntase, estréchase, acomete 
Con ímpetu mayor, con mayor ira, 

Y otra vez y mil veces se retira 

Y otra vez y mil veces arremete. 

Así las olas la muralla emhaten, 

Y, contra ella rompiéndose estruendosas. 
Retroceden, y vuelven, y furiosas 
Con repetido empuje la combaten; 

Hasta que se desploma a lo mas hondo 
La contrastada mole, y victoriosas 
Revuelven los escombros en el fondo. 

En cambio, nada mas deslucido y falto de eispí- 
ritu poético que la visión con que se inicia el 
final del canto: Belgrano surjiendo en trono re- 
ful j ente, entre coros celestiales, escoltado por las 
sombras de Brandsen y Besares, para ceñir a Ai- 
rear la simbólica corona de laurel. 


II 


Este lamentable “maravilloso” es el duro tri- 
buto impuesto al poeta por la preceptiva de un 
concepto majistral que marchitó la majia de la 
fantasía, haciendo con ello de la poesía del sen- 
timiento y de la imajinacion el escollo del clasi- 
cista. 

Y es así cómo esta lírica que fué la de la Revo- 
lución, sea cual sea la belleza que se le pueda 
atribuir, (belleza de nobleza o de grandeza por su 



96 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


asociación , a memorables hechos y altos ideales) es 
característicamente poco i>oétiea por demasiado 
formal y concreta. 

Bonghi ha hablado de un “infinito poético” que 
no está precisamente en el verso, sino en el lai^o 
estremecimiento que el verso j enera en el “lago 
del corazón”. 

Y bien; inútil sería buscar este infinito poético 
en la lírica arjentina de la Independeaicia . 

La fórmula y el mismo sentir de aquella jene- 
racion nutrida en la fría Castalia clásica bajo tu- 
tela de dómine; la fórmula y el mismo sentir for- 
males y ampulosos, sin “mas allá” evocador, cuan- 
do mucho animados por la sonoridad del énfasis 
declamatorio, reducían al elemento verbal e in- 
teiectual sus inspiraciones. ¿Cómo hacer sentir a 
través de esos elementos artificiosos y abstractos el 
calor directo y natural del sentimiento poético? 

Por otra parte, la patria, cuando no es preci- 
samente el sentimiento originado por la vinculación 
afectiva que crean el ambiente, las costumbres, loa 
recuerdos, la naturaleza del suelo natal, es una 
musa por demas austera, un sentimiento en cier- 
to m odo cerebral, mas rico en fuerza o en gran- 
deza que en e'mocion. 

Y este es el caso de Mayo. La patria fué enton- 
ces sentida como entidad política, como anhelo re- 
volucionario de la personalidad a formarse después 
con caracteres distintivos esenciales, y tenía que 
faltaiies a sus vates aquella sensibilidad íntima, 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


97 


aquella emoción honda y poétieaPde la patria na- 
tural que balbucea humilde y rica en la poesía 
de Hidalgo, precursor embrionario de la originali- 
dad argentina que había de reclamar luego formas 
mas libres y lenguaje mas propio a la espontanei- 
dad del sentimiento. 

Esa sonora lírica de escuela tan honrada por la 
patria naciente, y a justo título, no era, así, la poe- 
sía arjentina sino por el espíritu político que la 
animaba; no era la poesía arjentina del suelo, la 
del corazón jenuino, la del pueblo que iba a for- 
mar la entidad nacional inconfundible. Esta ha- 
blaba con voz más modesta en un cantar que se 
llamó “cielito”. 

La oda, orgullosa, noble y honrada con el ho- 
menaje patricio, no había sentido casi junto 
a sí aquel cantar plebeyo que, sin embargo, se 
identificaba mucho más íntimamente con la imaji- 
nación, con el temperamento y con la sensibilidad 
arjentinas, y que, como ella, también respondía con 
una armonía de guitarra a cada paso de la pa- 
tria, a cada victoria de la Revolución, y aun a ca- 
da palabra de Fernando VII. 

El “cielo” es canto y danza. Como forma musi" 
cal reviste la mas simple del compás de 3 por 4, 
en serie de “negras” o seminimas que marcan uni- 
formemente los tres tiempos con movimiento de 
vals lánguido. Como combinación métrica es con tí- 
pica jeneralidad la cuarteta aconsonantada que a 
veces se convierte en la asonantada del “cantar” 
español, ya por descuido, yá por no ser tomada en 



98 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


cuenta la inflexión del plural, consecuencia del vi- 
cio de, pronunciación criolla que atenúa' la s has- 
ta desvanecerla. Son ejemplos de ambos casos las si- 
guientes estancias del “Cielito ai triunfo de Lima 
y el Callao’’, de Hidalgo: 

Cielito, cielo que sí 
Bien se lo pronostiqué, 

Pero ya que ansí lo quiso, 

Tenga paoencia el Virrey. 

Cayó Lima; unos decían: 

Ya tronó; gritaban otros: 

¡Diganlé al matucho viejo 
Que mal se agarró en el potro! 

Como se ve, trátase de una incipiente eSpresion 
poética popular en estilo gauchesco, o sea en. el 
pintoresco decir usado en la caanpaña de las pro- 
vincias del litoral arjentino, correspondiendo la 
designación de “cielo” y “cielito” a la palabra 
que, repetida a capricho como pie de jiros diversos, 
orijina un a modo de estribillo. 

Constituye un antecedente de este jénero de poe- 
sía la composición de Baltasar Maziel (1727-1788) 
titulada “ Canta un guaso en estilo campestre los 
triunfos del Exmo. señor don Pedro Cevallos”: 

Aquí me pongo a cantar 
Abajo de aquestos talas, 

Del mayor guaina del mundo 
Los tiempos y las gazañas. 



LOS POETAS DF. LV KEVOLUCION 


99 


¡He de puja el caballero, 
y vien vaia toda su alma, 

Que a los Portugueses jaques 
A surrado la badana I 

Como a obejas los ha aniado 
Y repartido en las pampas. 

Donde con guampas y lazo 
Sean de nuestra lechigada. 

Perdone, Señor Ceballos 
Mi vena silvestre y guasa 
Que las jermanas de Apolo 
Ño habitan en las campañas. 

Pero en este caso la espresion jeinuina se reduce 
a la parodia del hablar huaso, que según la' orto- 
grafía se asemejaba por la pronunciación al decir 
andaluz o jitaho (jermanas por hermanas, gaza- 
ñas por hazañas), descubriéndose el artificio del 
versificador en las voces cultas que alternan con 
las espresiones del hombre de campo remedado sin 
identificación que atribuya verdadero carácter 
idiomático-espresivo al lenguaje, mas que otra co- 
sa simple valor pintoresco, ciertamente desnatu- 
ralizado por la presencia de Apolo debajo de 
aquestos talas ‘'anuque mas griten chicharras”. 

El “cielito”, en cambio, es espontánea y natu- 
ral espresion poética del pueblo mismo, no solo por 
el lenguaje en sí, sino por el espíritu, por el modo 
de ser y de sentir que en él se traduce directa y 
gráficamente. 

Ese pueblo que concertó los ritmos del cantar je- 
nuino, pudo ser, naturalmente, el de la ciudad ; pe- 



100 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


ro, aparte de que entre el elemento popular ur- 
bano y el de la campaña que era ya el suburbio 
de la ciudad, no podía haber diferenciación fun- 
damental, el hecho de haber la musa campesina 
de Hidalgo caracterizado típicamente el cielito co- 
mo cantar gauchesco, lo constituye en revelación 
originaria de este jénero de poesía popular en que 
el sentimiento, las sensacionis, la modalidad pecu- 
liar, la psicología, en suma, las costumbres, el len- 
guaje y la naturaleza inconfundiblemente ar jen- 
tinos encontraron su espresion característica y ori- 
jinal. 

Sobre si fué Bartolomé Hidalgo o Juan Gual- 
berto Godoy el revelador de la poesía gauchesca, 
y con ella de la verdadera orijinalidad poética 
arj entina, se ha suscitado un cuestión de crono- 
lojía. 

El segundo, natural de Mendoza, donde nació 
en 1793, compuso “versadas” campesinas que se 
pretenden anteriores a las composiciones del mis- 
mo jénero publicadas por Hidalgo. Interesante co- 
mo ejercicio de eruditismo investigador, el asunto 
no tiene importancia fundamental para el estudio 
de la poesía popular desde nuestro punto de vista. 
Hecho indudable es que fué Hidalgo quien realizó 
la caracterización de esa poesía en su forma pri- 
mitiva, y en su obra la estudiaremos ya que ella 
nos ofrece los rasgos típicos dd jénero. 

Bartolomé Hidalgo, nacido en Montevideo en 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 101 

1788 (1) introdujo, en efecto, al movimiento de 
la producción poética j eneral que estudiamos esa 
clase de composiciones, dán^i^es, digámoslo así, 
curso público o personería Ij^eraria por la virtua- 
lidad del éxito divulgador y consagratorio que en 
Hidalgo encarnó al cantor gaucho. 

No era gaucho, sin embargo, ni por el lugar de 
su nacimiento ni por el ambiente en que transcu- 
rrió su vida conocida, pues fué empleado de la ad- 
ministración en Buenos Aires, donde se le encuen- 
tra desde 1817, después de haber sido oficial de 
barbero, según tradición, secretario del comandan- 
te Carranza en la espedieion de 1811 contra los 
portugueses y comisario de guerra, según la noti- 
cia biográfica de Juan María Gutiérrez en la 
“América poética” de 1846; pero era gaucho por 
identificación radical con el espiran del hombre 
del campo en lo que tiene de más íntimamente je- 
nuino y típico : el sentir, el carácter, el concepto de 
la vida, la visión de las cosas, el lenguaje. Tal lo 
muestran esos ecos de guitarra encintada de celes- 
te y blanco que dejó flotando, tan humildes, en el 
solemne concierto de las trompetas clásicas, y tan 
ricos en armonías de vida y poesía reales y pro- 
pias; flor agreste que hace sentir con su olorosa 


(1) El Dr. Martiniano Leguizamón, en un trabajo sobre la vida 
y la obra de Hidalgo, recientemente leído en la Junta de historia 
'y numismática, ha precisado la hasta ahora incierta biografía del 
cantor de los “Diálogos patrióticos” y compilado €u obra, facili- 
tando las transcripciones con que se ilustra este capítulo. 



102 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


rudeza el tesoro de la savia en el arrogante bos- 
que de sonoras columnas. 

Disimulando el a^nimo con la enunciación de 
los sujetos de sus dilj^^as composiciones: “El gau- 
cho de la Guardia del Monte”, el Ramón Contre- 
ras o el Jacinto Chano de los “Diálogos patrióti- 
cos”, o simplemente “Un gaucho”, Hidalgo es- 
cribió sus cielitos, no sruperados en cuanto a natu- 
ral espontaneidad, y esos célebres coloquios des- 
criptivos de las fiestas mayas que habían de su- 
jerir el “Fausto” de Estanislao del Campo y ser 
motivo de tantas olvidadas imitaciones. 

El “cielito” es el eeo que la voz popular daba 
a los ácontecimiento de la Eevolución, contra- 
puesto con ájil dilijencia y franca espontaneidad 
a las graves resonancias de la lírica majistral y a 
los formulismos del documento oficial. Es algo así 
como la clave de las perífrasis con que la literatura 
envuelve y decora el sentimiento ; dice llana y cru- 
damente lo que el pueblo piensa, con familiar ale- 
gría que, tratándose de actos o palabras de perso- 
najes o entidades representativas del espíritu de 
dominación, les atribuye su verdadero valor en el 
concepto plebeyo, acusando la irreductible levadu- 
ra republicana que había de llevar la Revolución 
a su necesaria meta, no bien entrevista desde luego 
por el pensamiento político dirijente. 

Así dialoga con el pueblo y con Femando VII, 
contestando el manifiesto de 1820 a los habitantes 
de ultramar: 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 103 

El otro día un amigo, 

Hombre dé lefefas poi’ cierto, 

Del rey Femando a nosotros 
Me leyó un gran manifiesto. 

Cielito, cielo que sí. 

Este Rey es medio zonzo 

Y en lugar de D. Femando 
Debiera Uamarse Alonso . 

Ahora que él ba conocido 
Que tenemos disensiones. 

Haciendo cuerpo de gato, 

Se viene por los rincones. 

Cielito, cielo que sí„ 

Guarde amigo el papelón. 

Y por nuestra Yndependcncia 
Ponga una iluminación. 


El Conde '(1) cree que ya es suyo 
Nuestro Río de la Plata; 

[Cómo se conoce amigo 
Que no sabe con quien trata ! 


Allá vá cielo y más cielo, 
lábertad, muera el tirano, 

O reconocemos libres, 

O adiosito y sable en mano- 


Para la guerra es terrible. 
Balas nxmca oyó sonar. 

Ni sabe que es entrevero. 
Ni sangue vió coloriar. 


(1) Se refiere al conde de Oasa Flores. 



104 


ARTURO GIMÉNEZ PASTO» 


Lo lindo es que al fin nos grita 
Y nos ronca con enojo, 

Si fuese algún guapo... vaya! 
jPero que nos grite un flojo! 


Cielito, cielo que sí. 

Lo que te digo, Femando; 
Confiesa que somos libres 
Y no andés remolineando. 


Mejor es andar delgao, 

Andar águila y sin penas. 

Que no llorar para siempre 
Entre pesadas cadenas. 

Todo el desembarazado brío nativo, la bizarría 
del coraje, el contento de la lucha y la provocati- 
ca confianza en sí propio, el carácter nacional que 
ha de triunfar, está en esas coplas en que circula 
a bocanadas el aire libre de la tierra joven y del 
espíritu nuevo llenando el pecho sobre el cual se 
yer^ae socarronamente altiva la cabeza para mi- 
rar con burla eso que llaman rey. Si los reyes y 
los políticos conocieran el valor de un canto popu- 
lar, Femando VII y sus consejeros no hubieran 
podido dudar un solo instante de que su dominio 
había concluido en América, ante esta desdeñosa 
espresion de lo incomprendido ya como personifi- 
cación de gobierno, de autoridad o de fprestijio. 
Nunca el dogma de igualdad fué proclamado con 
tan convincente fuerza de sentimiento íntimo y 
definitivo como en ese “lo que te digo, Fernando” 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


105 


que se completa en otra estrofa con un no menos 
familiar “Reconozca, amigo Rey — nuestra augusta 
Independencia”. 

Esta elocuente familiaridad y ese característico 
espíritu de libre arrogancia se habían manifestado 
ya con más cruda acentuación en el cielto con que, 
en 1819, la musa del mismo Hidalgo respondie- 
ra golpeánd(»e la boca al anuncio de la espedicion 
de veinte mil hombres que al mando de O’Donnell 
debía partir de Cádiz para venir en auxilio de los 
ejércitos del rey^; el reto afirma aquí su provoca- 
tivo desenfado en espresiones de una crudeza fami- 
liar que no hace cómoda su repetición, pero cuya 
fuerza gráfica les atribuye singular valor como ele- 
mentos significativos de modalidad y ^píritu in- 
dependiente . 


La Patria viene a qnitamos 
La espedicion española, 

Cuando guste D. Femando 
Agarrelcí... por la cola. 

Cielito digo que siy 
Coraje, y latón en mano, 

Y entreverarnos al grito 
Hasta sacarles el guano. 


Con mate los convidamos 
Allá en la acción de Maipú, 
Pero en esta me parece 
Que han de comer Caracú • 



106 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


Cielito, cielo que sí, 

Echen la barba en remojo, 
Por que según olfateo 
Mo han de pitar <iel muy flojo. 


Aquí no hay cetro y coronas 
Ni tampoco inquisición, 

Hay puros mozos amargos 
Contra toda espedición. 

Cielito, cielo que si, 

Union y ya nos entramos, 

Y golpeándonos la boca 
Apagando los sacamos. 


Si de' paz queréis venir, 

Amigos aquí adiaréis, 

Y comiendo carne gorda 
Con nosotros viviréis. 

Cielito, cielo que sí. 

El rey es hombre cualquiera^ 

Y morir para que él viva 
La P....I es una sonsera- 

Con la misma naturalidad insolente y familiar 
aunque con mayor tensión del nervio belicoso, el cie- 
lito canta, como la oda, las victorias memorables, — 
Maipú, las hazañas de Cochrane y él avance de 
San Martin en el Perú, y la libertad de Lima, — 
concertando un heroiconbufo que lleva al canto, con 
el crudo decir, ráfagas del ambiente de campa- 
mento. 

Godos como infierno, amigo. 

En ese día murieron. 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


107 


Potque el Patriota es temible 
En gritando al entrevero. 

Cielo, cielito que sí, 

Ifnbo tajos que era risa, 

A Tino el lomo le pusieron , 

Como pliegues de camisa. 

• *99 m 9 9 9 9 m • 

Si qxdere saber FERNANDO 
Cuál será de Lima el fin, 

Que le escriba cuatro letras 
Al general SAN MARTIN. 

Osorio salió matando 
Al concluirse Ja contienda, 

Sin saber hasta el presente 
Dónde fué a tirar la rienda. 

Cielito, cielo que sí. 

Cielito del disimulo, 

De valde tiran la taba 

Porque siempre han de echar culo. 


(Cielito de Maipu) 

Cielito, cielo que sí, 

Cielo de las tropas reales. 

Muchas memorias les manda 
D. Juan Antonio Arenales. 

(Cielito en honor del 
ejército libertador 
del Perú)- 

Nada puede dar la impresión de la enorme dis- 
tancia que separa las dos manifestaciones poéticas 
de la Independencia, la que arenga en la oda y la 



108 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


que juguetea en el cielito, — todo afectación retó- 
rica aquella, todo naturalidad de espresion ésta, — 
como el contraste con el romance en que de Lúea 
incita a Hidalgo a cantar también la libertad de 
Lima: . 


¿Cómo es. Delio, que tratas 
De apagar hoy tu genio. 
Cuando es libre la Patria 

Y que cantes te ruego? 
¿Cómo me será dado 
No rogarte de nuevo. 
Cuando Apolo te inspira, 

Y es divino tu acento? 


iQuél las tímidas Ninfas 
Te mirarán con ceño. 

Si es que en tu lira imitas 
De la guerra el estruendo? 


Es vana tu modestia. 

No lo dudes, mi Delio. 

Que todos por poeta 
' Te tienen en gran precio. 

El falseamiento del sentir y el decir natural ja- 
más aparecerán tan evidentes como en ese llamar 
‘ ‘ mi Delio ’ ’ al trovero gaucho, invocando para deci- 
dirle a improvisar su humilde trova la simpatía do 
las ninfas y la protección de Apolo. 

iSería poco discreto empeñarse en fomentar la 
admiración por esa poesía jenuina que surjió con 
el cielito, atribuyéndole valores literarios que evi- 



LOS POETAS DE LA REVOLUCION 


109 


dentemente no tiene. Desde este punto de vista es 
tan sólo un balbuceo del arte popular que traduce 
en forma rudimeáftaria las inspiraciones del sentir 
y del ambiente jenuinos. Su valor está en ‘los ha- 
llazgos de espresion natural y gráfica que el sen- 
timiento directo, simple y colorido de la vida ofre- 
ce a la sinceridad del espíritu todavía en contacto 
estrecho con la naturaleza. 

Esto da a la poesía de Hidalgo ese don del mo- 
vimiento, del rasgo característico y del color que 
hacen inimitable la verdad de aquellos .cuadros 
descriptivos en que abundan los diálogos patrió- 
ticos entre “Jacinto Chano, capataz de una estan- 
cia en las islas del Tordillo y el Gaucho de la 
Guardia del Monte”, tales como el del viaje: 

Sí, amigo; estaba de balde, 

Y le dije a Salvador: 

Andá traeme el azulejo, 

Apretamelé el cinchón 
Porque voi a platicar 
Con el paisano Ramón, 

Y ya también salí al tranco, 

Y cuando se puso el sol 
Cai al camino y me vine; 

Cuando en esto se asustó 

El animal, porque el poncho 
Las verijas le tocó... 
iQué sosegarse este diablo I 
A bellaquiar se agachó 

Y conmigo a unos zanjones 
Caliente so enderezó. 

Viendomé medio atrasan 



lio 


AnTUnO GIMÉNEZ PASTOR 


Puse el corazón en Dios 

Y en la viuda, y me tendí; 

Y tan lindo atropelló 
Este bruto, que las zanjas 
Como quiera las salvó. 

i Eh p. . , ! el pingo lijero 
Bien haiga quien lo parió! 

Por fin, después de este lance 
Del todo sé sosegó, 

Y hoy lo sobé de mañana 
Antes de salir el sol. 

De suerte que está el caballo 
Parejo que da temor. 

Y el del desfile, en la relación de las fiosias nta ■ 
ya® en 1822 : 


Y al punto en varias tropillas 
Se vinieron acercando 

Los escueleros mayores 
Cada uno con sus mitchachos, 
Con banderas de la Patria 
Ocupando \m trecho largo 
Llegaron a la pirame 

Y al dir el sol coloriaado 

Y asomando una puntita... 
'iBracatanl los cañonazos, 

La gritería^ el tropel, 

Música por todos laos, 
Banderas, danzas, Junciones, 
Los escuelistas cantando, 

Y después salió uno solo 
Que tendría doce años ; 

Nos echó una relación... 



LOS POETAS DE LA REVOLUCIÓN 


ni 


¡ Cosa linda, amigo Chano ! 

Mire que a muchos patriotas 
Las lágrimas les saltaron. 

Mas tarde la soldadesca 
A la pla^a jué dentrando, 
y desde el Juerte a la iglesia 
Todo ese tiro ocupando. 

Salió el gobierno a las once 
Con escolta de a caballo. 

Con jefes y comendantes 

Y otros muchos convidaos, 

Dotores, escribanistas, 

Las justicias a otro lao, 

Detrás la ofícialería 
Los latones culebriando. 

La soldadesca hizo cancha 

Y todos jueron pasando. 

La falta de tradición propia, de leyenda histórica 
y de repercusión prestijiosa, fuentes de inspiración 
para el orgullo nacional de que se alimenta la poe- 
sía popular, retardaron el desenvolvimiento de este 
jénero poético en que apuntaba como tierno y lo- 
zano brote el íntimo espíritu arjentino . 

Pero aun después de realizada la leyenda nacio- 
nal por los héroes, hubo que esperar; porque no 
era el grito revolucionario de Mayo lo que por sí 
solo podía jenerar la verdadera poesía arjentina, 
la jenuina y característica del sentir y el expresar 
nativos en el seno de la naturaleza propia. 

B1 grito de Mayo, fundamentalmente político, 
informó el espíritu de libertad, el anhelo de per- 
sonalidad política. 



112 


ARTURO GIMÉNEZ PASTOR 


El de la personalidad literaria tuvo que esperar, 
para definirse, aquel otro grito de revolución y 
emancipación que se llamó romanticismo. 

Ese, libertando la jenialidad creadora del molde 
de las formas inmóviles y de la autoridad dogmá- 
tica, que fijaban a todas las inspiraciones un tipo 
uniforme de selección superior jeneralizado a rigor 
de preceptos (caso de despotisiTio igualitario que 
en busca de lo eterno borraba todo lo accidental, 
lo local, lo peculiar, lo característico circundante), 
abrió la visión y el espacio de todos los horizontes 
al jenio nacional e individual, sustituyendo un arte 
vivo de todos al arte marmóreo de la academia: 
un arte libre accesible a todos los perfumes de la 
comarca y a todos los ardores de la personalidad, 
en vez del arte olímpico de la forma soberana cua- 
jada en el espacio sin vientos de lo abstracto uni- 
versal . 

Entonces fue cuando, envuelto todavía en las 
ráfagas de la tempestad romántica, llegó Echeve- 
rría y se produjo esa convcrjencia modesta pero 
fecunda de la libre forma artística reclamada por 
la primitiva poesía de Hidalgo, con el sentimiento 
de la naturaleza nativa que buscara, sin encontrar- 
lo, Labarden. Y esa coincidencia señaló con “La 
cautiva el estremo de una etapa en cuyo arran- 
que aparece, como un blanco templo clásico entre 
bravia vejetacion indíjena, el fallido anhelo pa- 
trio de la “Oda al Paraná”.